Romper el Silencio

Por Mª Jesús Díez

Lunes 23 de abril de 2012 (Fecha de redacción anterior: 2008).




Yo fui una mujer víctima de abusos sexuales en la infancia, pero he estado huyendo toda mi vida, no podía reconocerlo. Primero olvidé y saqué de mi mente todos los detalles escabrosos. No lo hice a propósito pero ocurrió, y lo que a priori puede parecer una bendición no lo fue. Eso hizo que toda la vida me preguntara si aquello había ocurrido de verdad. ¿Cómo puede una luchar contra un fantasma del que no sabes si realmente se te ha aparecido?

Todos mis recuerdos terminaban cuando veía que una puerta de hierro muy pesada chirriaba mientras se cerraba. Y después de eso, oscuridad y silencio. Oscuridad y silencio en todos los sentidos. Oscuridad porque siempre he tenido la sensación de moverme a oscuras por el mundo, dando palos de ciego y estando completamente perdida. El silencio era todavía peor. Era una pesada carga porque no podías contarlo, y si lo hacías, a veces no encontrabas la comprensión que buscabas o las reacciones que necesitabas. Y eso me hacía sentirme sola y diferente.

Desde que de manera casual y gracias a las nuevas tecnologías llegué a la Asociación de Mujeres para la Salud todo eso cambió. Me costó algo de tiempo romper “la ley del silencio” pero lo conseguí. Cuando por fin lo conté fue una sensación de alivio, como la que una siente cuando bebe un vaso de agua fría después de haber sentido sed durante varias horas. Siempre había creído que hablar sería abrir la caja de Pandora pero ocurrió todo lo contrario, una corriente de simpatía hacia mi misma recorrió todo mi cuerpo. Una sensación que ya no me ha abandonado.

He comprendido muchas cosas, como que el abuso en sí es menos importante que los efectos que éste tuvo en nosotras o en la forma de vivir nuestras vidas. En mi caso, yo siempre he temido acercarme a los demás, abrirles mi corazón y contar mis sentimientos. Prefería no sentir porque de esa forma el dolor y la rabia también eran inexistentes. Pero sin sentimientos me encontraba como un ser mutilado e incapaz de pedir ayuda. Por otro lado, el abuso lo vivía como un estigma que hacía que me sintiera como marcada con un signo que me impedía ser feliz. Creía que yo no me merecía nada.

Ahora mi actitud después del taller es completamente distinta. Sé que me merezco lo mejor porque soy una gran persona. Ya no quiero vivir más en mi pequeño refugio, un lugar en el que me sentía segura porque nadie podía hacerme daño. No podían hacérmelo porque era imposible acceder a él. Ahora quiero vivir mi vida no al mínimo, sino con todas mis fuerzas. Ya no me importa equivocarme o que algo salga mal. Sé que aprenderé de ello y eso forma parte de la parte buena de la vida. Ya no permito que mi vida sea miserable porque un adulto decidiera que podía aprovecharse sexualmente de mí y yo fuera una niña, y como tal, no pudiera hacer nada por evitarlo. NO. Quiero dirigir mi vida. Quiero luchar. Ya no me siento culpable por no haberlo parado porque no tenía ninguna opción.

He podido salir de ese estado de malestar y confusión y espero que muchas mujeres más tengan la oportunidad, asimismo, de hacerlo. Aunque por lo que de verdad deberíamos luchar es por evitar que sigan ocurriendo casos de abusos y que se oculten. Rompamos entre todas el silencio.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXVII y XXVIII – 2008

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