Síndrome de género: Víctimas de violencia por pareja afectiva

Martes 24 de abril de 2012, por Mujeres para la Salud (Fecha de redacción anterior: 2008).




Vivimos en una sociedad asentada en la legitimación de diferentes formas de violencia, camufladas hipócritamente en valores como el poder, la fuerza, la competitividad, el éxito, las metas individuales,… Todas las personas estamos acostumbradas a soportar un alto nivel de violencia que llegamos a normalizar. Desde la infancia a los niños y las niñas se nos posiciona de forma diferente ante esta violencia. Todavía hoy es muy normal, que se anime a un niño a devolver una agresión y a una niña a pedir ayuda si la recibe. Este tipo de violencia se crea al organizar el mundo a partir de una diferencia construida arbitrariamente, como es el género. La violencia se permite y está tan interiorizada en cada una de las personas, que crecemos siendo permisivas a relaciones de “mal” trato. La violencia contra las mujeres es una clara expresión de la sociedad patriarcal en la que vivimos, una sociedad desigual para hombres y mujeres, y la demostración de la superioridad del hombre sobre la mujer.

Cuando hablamos de maltrato a las mujeres dentro del ámbito de la pareja, tendemos a pensar en la violencia física. Sin embargo, es muy difícil que una relación de pareja se construya, desde el comienzo, sobre las agresiones físicas: primero hay que “preparar el terreno”. Antes de la violencia física, se producen una serie de comportamientos interactivos dentro de la pareja, que son muy difíciles de percibir como violencias, pero que son la esencia de la misma, su “caldo de cultivo”. Este tipo de comportamientos intentan perpetuar la división de roles y mantener el dominio y la superioridad del hombre sobre la mujer, se resisten al desarrollo de la autonomía de la mujer, al aumento de su poder personal o interpersonal. Estos comportamientos van desde mantener los roles de género en el hogar totalmente delimitados (con independencia de que la mujer trabaje fuera del hogar), a no tener en cuenta las opiniones de ella en temas familiares, a controlar el dinero, a culpar a la mujer por todo lo que ocurre dentro de ámbito familiar, a hacerla dudar de sus capacidades, hasta las descalificaciones, insultos, o faltas de respeto, humillaciones... Al conjunto de todos estos comportamientos se les denomina maltrato o violencia psicológica y siempre preceden al maltrato o violencia física. Sólo cuando la primera deja de funcionar (como un mecanismo de control) se pone en marcha la segunda y se suma a la primera. Someter a una mujer, día tras día, a la violencia psicológica consigue provocar en ella inhibición, desconfianza en sí misma, y disminución de su autoestima, además de sentimientos de desvalimiento, confusión, culpa y dudas. Ya nadie duda de que la educación sexista, la división jerárquica de roles masculino y femenino dentro de una sociedad patriarcal son los causantes de la violencia contra las mujeres o la violencia de género. En el caso de las mujeres, “ser para otro” y la falta de autonomía son las señas de identidad, que les hacen más vulnerables a sufrir este tipo de violencia: las necesidades de los demás están primero que las suyas, tienen un alto sentido del deber y la responsabilidad, si la relación de pareja no funciona sienten que no han dado lo suficiente y se culpabilizan.

La recuperación de una víctima de violencia de género es larga y difícil porque además de reestablecerse de las secuelas que produce la propia violencia (ansiedad, depresión, indefensión…), también requiere que la mujer realice cambios estructurales en su personalidad, en la forma de verse así misma y sus posibilidades y en la forma de entender las relaciones con los/as otros/as. La intervención psicológica de una víctima debe estar guiada por un eje transversal que es el cuestionamiento constante de su educación de género y la corrección del modelo de relaciones que ésta impone. Además, se ha de trabajar específicamente otros factores de vulnerabilidad individuales, como su propia historia personal de adaptación a la violencia de género (por ser mujer) a la que ha estado sometida en otros momentos y contextos vitales (infancia, juventud, adultez, en su familia de origen, en ámbito laboral, en las amistades, etc…). Y todo ello, desde las tres dimensiones de respuesta humana:

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- La dimensión cognitiva: la mujer ha de desactivar las ideas y creencias que le hacen creer que es inferior, y al mismo tiempo responsable de su pareja (la idea de familia unida, del amor, de la fidelidad, etc…) y, además, lograr su empoderamiento personal y relacional. Cuestionar su identidad, el modelo familiar donde fue construida, y su propia historia de las otras violencias vividas, son factores muy relevantes. Sin olvidar trabajar el sentimiento de culpabilidad inculcado a toda mujer y creado como un mecanismo de aprendizaje que nos impide abandonar los roles femeninos tradicionales (que nos responsabilizan en exclusiva a las mujeres del mantenimiento de la familia y la pareja). Todo esto cambiarlo por un sentimiento de auto-responsabilidad y auto-respeto personal. ­

- La dimensión fisiológica-emocional: aquí se trata de que la mujer entienda el poder de las emociones, cómo estás se asocian a ideas y/o creencias y cómo ambas condicionan el comportamiento de sumisión, adaptación y retroalimentación de la violencia. En concreto se trabajarán las emociones del miedo, la ansiedad, la ira, y las emociones que acompañan a la indefensión, el sentimiento de pérdida e inseguridad, la vergüenza, la frustración…

­- La dimensión conductual: en este caso, se trata de modificar todos los patrones de conducta sumisa y de retroalimentación de la violencia por otros patrones de conductas asertivas y de defensa de los derechos personales. Aumentar la confianza, seguridad en sí misma y la autonomía personal son imprescindibles para consolidar el cambio en su autoconcepto y su autoestima.

Para una víctima de violencia es un camino arduo, difícil, lleno de dudas, con numerosas vueltas atrás en lo personal pero, también en el contexto social cercano. Porque estamos hablando de conseguir algo que es tremendamente complicado: abandonar la mujer que fueron y renacer siendo otra, muy diferente, una mujer con una nueva forma de pensar y de respetarse, que cree en sí misma y en un futuro esperanzador.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXVII y XXVIII – 2008

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