La depresión de género para mujeres a partir de los 50

Martes 24 de abril de 2012, por Mujeres para la Salud




Las mujeres mayores atendidas en nuestro Espacio de Salud, habitualmente son mujeres entre 55 y 65 años. Son las mujeres socializadas durante el franquismo que tenían entre 23 y 33 años en 1975, con la transición hacia la democracia.

Para comprender mejor la sociedad en la que nacieron estas mujeres nos vamos a remitir a la sofocante descripción que realiza Pilar Rodríguez: “…las mujeres españolas que se socializaron e hicieron sus opciones vitales más importantes durante la dictadura de Franco, inmersas en una idea y modelo de familia opresiva y represora, que mantenía a la mujer, eterna menor de edad, sometida y reducida a su condición de responsable del suministro a los demás, de refugio, amor y cuidados a costa de sacrificar el desarrollo de un proyecto vital propio. En connivencia con la Iglesia Católica, se hacía responsables a las mujeres del bienestar y hasta la felicidad de todos los miembros de la familia, descansando todos los valores femeninos en un ética en la que el amor debía de ser el centro de interés de las mujeres. Casarse, tener hijos y abandonarlo todo para atenderlos y cuidarlos constituía el eje que otorgaba identidad y sentido a su vida, considerándose un fracaso en toda regla no alcanzar el matrimonio (las solteronas) o no llegar a ser madres. Toda esta ética de los cuidados venía adornada con una retórica sobre su papel en el que la “reina del hogar”, fiel, sumisa y llena de encanto, obraba el milagro de conseguir confort, armonía, belleza en la casa y, sobre todo, el bienestar de todos los convivientes mediante una donación amorosa de sí misma que había de ser completa y sin fisuras”. Hay también que recordar que durante la dictadura “la mujer casada debía por mandato legal, obediencia al marido, mientras que la obligación de este era protegerla”. Pero también bebieron del aire fresco que supuso la democracia en España, con edades entre 23 y 33 años, y “la extensión de las ideas que preconizaban la liberación de la mujer, el abandono de su confinamiento en el mundo de lo privado, la separación entre sexualidad y maternidad y el paulatino uso de contraceptivos”. [1]

Es decir, son mujeres que, mayoritariamente, están entre las mujeres más tradicionales, que en ningún caso se completan a sí mismas y no pueden ser autónomas porque dependen vitalmente de la existencia de los demás en sus vidas para existir. También, son mujeres que han trabajado fuera de casa antes del matrimonio y han seguido después de la crianza de las/os hijas/os. Este trabajo se concebía como un apoyo económico a la familia, “no como imprescindible” ni como un objetivo de desarrollo profesional de la mujer y, siempre, ha estado supeditado a otras necesidades familiares.

A continuación, vamos a describir los factores estresantes de esta etapa de la vida a los que han de enfrentarse la mayoría de estas mujeres: la monotonía de la vida cotidiana; las implicaciones de ser ama de casa; ser las únicas responsables del trabajo doméstico; los cambios en el cuerpo (menopausia); los cambios que se derivan del “nido vacío” (la marcha de las/os hijas/os); lo que conlleva quedarse a solas con sus parejas, y en algunos casos asumir jubilaciones anticipadas (de ellas o de ellos).

Ser ama de casa implica un exceso de responsabilidad y funciones, un gran esfuerzo físico y emocional. En muchos casos significa ser la única responsable del trabajo doméstico, el cuidado y la atención de los hijos, el bienestar y la salud de toda la familia y también el cuidado de otros familiares, personas mayores o enfermas. Este tipo de vida produce en muchas ocasiones estados depresivos que no son entendidos en el entorno de la mujer, ya que se considera suficiente para estar bien, tener una casa, un marido que no bebe ni la golpea y unos hijos/as a quien cuidar. Sin embargo, las características del trabajo doméstico producen aislamiento social, insatisfacción y soledad. Se experimenta como un quehacer repetitivo, monótono, que nunca se termina y que deja poco tiempo para otras actividades. Además no está remunerado, no tiene horario ni vacaciones, ni genera derechos laborales. No está valorado ni reconocido socialmente y, lo que es más frustrante, tampoco por las personas para las que se realiza.

Esta generación es la eterna cuidadora. En este momento vital puede tener que cuidar a sus mayores, los propios y/o los del cónyuge o a los/as nietos/as. Tanto las mujeres que están dispuestas a ejercer estos cuidados como las que no, tienen grandes conflictos. Las primeras, por que no reconocen sus propias necesidades y dificultades para llevarlo a cabo, y las segundas porque no tienen herramientas para rechazar la crítica de su entorno ante su negativa. En este sentido, hay dos nuevas realidades sociales que están influyendo directamente en estas mujeres. El aumento de edad de los/as hijos/as para la independencia (ahora no es raro convivir con hijos/as de más de 30 años) y las separaciones o divorcios de est@s. Además de provocarles crisis por la parte de fracaso que asumen, les genera, en algunas ocasiones, volver a convivir con el hijo/a separado/a y, ocasionalmente, con sus nietas/os.

Otra problemática que arrastran las mujeres desde la infancia y que se expresa de forma característica en esta generación y en esta etapa de la vida, es la relación con el cuerpo y la imagen corporal. Son muchos los mitos que nos inculcan sobre, la juventud, la belleza y la reproducción como valores intrínsecamente femeninos, y son muchos los complejos y sufrimientos que estos mitos y prejuicios nos provocan. Se interioriza el proceso de envejecer como una fatalidad, en la medida en que la mujer se vuelve “invisible” para el hombre. La pérdida de atracción sexual las hace sentirse enajenadas.

Para estas mujeres atravesar la menopausia es sinónimo de que se acaba el sentido de la vida. Tienen ideas erróneas sobre la menopausia: la identifican con depresión o enfermedad. Ideas potenciadas por el exceso de medicalización de la menopausia, para la que se aconseja demasiados medicamentos y cirugías, (tranquilizantes, estrógenos, legrados, histerectomías, mastectomías, etc.), en lugar de conocimientos y ayudas para vivir más positivamente los cambios de esta etapa. Además de la menopausia estas mujeres han de vivir y adaptarse a todos los cambios biológicos que se producen por la reducción de estrógenos.

La vivencia de la sexualidad para esta generación ha sido muy difícil y llena de contradicciones. Con una educación sexual plagada de prejuicios, miedos, tabúes y desconocimiento absoluto sobre la propia sexualidad. La sexualidad femenina sólo se vive en función de los otros (varones), está centrada en la satisfacción de las necesidades sexuales masculinas y en la procreación. La falta de atención a las necesidades femeninas básicas por parte de los hombres y el miedo a embarazos no deseados ha sido una constante en la vida de estas mujeres; y, junto a la escasísima posibilidad de asertividad en este campo, han generado en muchas mujeres un gran sufrimiento y la inhibición, casi total, de su deseo sexual.

Otro aspecto a tener en cuenta es la discriminación por edad. En la sociedad actual, la edad de las personas es sobre todo un atributo cultural que discrimina en la vejez y favorece en la juventud, independientemente del valor y de las habilidades de cada persona. Así, la segregación por edad implica una muerte social anticipada, para todos/as pero fundamentalmente para las mujeres cuando superan ciertos años. A causa del doble estándar, las mujeres somos etiquetadas como “viejas” a una edad más temprana que los hombres. Las creencias sexistas que relegan a las mujeres a la crianza de los/as hijos/as y al trabajo doméstico exclusivamente, parece señalarnos como obsoletas cuando estos salen de casa y nuestra capacidad reproductiva ha acabado.

La feminización de la vejez y de la pobreza, la menor posibilidad de ocio, formación e ingresos económicos de las mujeres mayores, así como la adicción a los medicamentos como solución a los síntomas cuando no se sabe como abordar las causas que producen los malestares, son otros de los factores a tener en cuenta en esta generación de mujeres.

Aparte de todo esto, la mujer mayor ha de adquirir nuevas habilidades para aumentar espacios de independencia, hasta ahora vetados para ella: tener acceso al dinero propio, disfrutar del tiempo libre, cultivar la amistad con otras mujeres, avanzar en el aprendizaje de nuevas actividades, compartir el trabajo doméstico y rechazar la violencia doméstica en el caso de sufrirla.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXVII y XXVIII – 2008

Notas

[1] Pilar Rodríguez, Mujeres mayores en el siglo XXI. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.

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