La depresión de género: Mujeres de mediana edad

Martes 24 de abril de 2012, por Mujeres para la Salud (Fecha de redacción anterior: 2008).




Hablar de las mujeres entre 40 y 55 años, es hablar de las mujeres que deben conjugar, de forma más drástica, los antiguos roles de género dirigidos casi exclusivamente al de ser madre y esposa y los nuevos roles de la mujer moderna. Lo que significa sumar a los anteriores, los roles de mujer trabajadora de calidad y/o los nuevos roles de participación social en diversos ámbitos (asociativos, sindicales, políticos, etc.).

La característica que más define a estas mujeres actuales es la ambivalencia de emociones que sienten ante los múltiples roles que deben asumir. Los sentimientos de culpa y la mala conciencia están presentes cuando la mujer quiere hacer su trabajo, avanzar en su profesión o en la vida política y, al mismo tiempo, debe continuar cumpliendo sus papeles de madre/amiga/maestra para sus hijos e hijas, compañera comprensiva y buena amante para la pareja, creadora de armonía en le hogar, cuidarse para mantenerse bella y elegante, dar amor y cuidados a cuantas personas cercanas lo precisen... La imagen de la supermujer, ha constituido una trampa para la mayoría de las mujeres. Los estudios de reparto de los tiempos dentro y fuera del hogar evidencian que la mayoría de las mujeres que han accedido al empleo no han experimentado un cambio sustancial de roles, sino una acumulación de ellos. La consecuencia es una sobrecarga para ellas. Que se concreta en muchas más horas de trabajo diario y en estados de agotamiento, elevada ansiedad e insatisfacción crecientes

A continuación vamos a desgranar cuáles son las dificultades más significativas para poder asumir los nuevos roles:

- Las mujeres no están dispuestas a renunciar a la parte de su vida (el cuidado) que, aún siendo impuesta por su género, sigue ocupando un lugar preeminente en su código ético. Aunque no se trata de renunciar sino de elegir libremente. A pesar de la falta de tiempo real del que disponen, quizá añorando la falta de oportunidades que ellas tuvieron o por sentimiento de culpa (por no dedicarles más tiempo), no están educando a sus hijos e hijas en la responsabilidad de asumir y compartir tareas, sino más bien en todo lo contrario. Están extendiendo la escasa exigencia a los hijos varones a sus propias hijas, valorando por encima de todo su formación académica y relajando el cumplimiento de cualquier otro tipo de responsabilidades. Lo que ocasiona un doble efecto perverso, su salud se ve más perjudicada y sus hijas/os son cada vez más egoístas e irresponsables.

- El mundo del trabajo retribuido está todavía en un segundo lugar para esta generación, por que sigue entrando en colisión con el tradicional papel de esposa, madre o hija de plena dedicación. Todavía está lejos de convertirse en la principal área de desarrollo personal, que además de proporcionar la independencia económica, permite desarrollar la motivación a través del sentido y la autorrealización personal.

- La organización social sigue sin asumir la importancia del tiempo y el espacio privados para la realización de la persona. Muchas mujeres enfrentadas a renunciar a dedicar tiempo a los suyos a cambio de acceder a puestos de mayor responsabilidad, o simplemente a aprovechar las oportunidades de formación y promoción laboral, optan por renunciar a lo segundo.

- En la organización de los tiempos (personales, laborales y familiares), el que dedican al bienestar de las/os demás, restringe o elimina el que deberían dedicarse a sí mismas, a su autocuidado.

- Pero quizá es en el ámbito de la convivencia de pareja, donde se centralizan la mayoría de los malestares de las mujeres de esta generación. El comportamiento sumiso y la falta de asertividad en la pareja hace que, habitualmente, las mujeres soporten relaciones de mal-trato de forma normalizada, y desconozcan las relaciones de buen-trato. Es necesario visibilizar la violencia de género, desde los micromachismos hasta las formas más graves de violencia, para aumentar la percepción y disminuir la tolerancia hacia la misma.

- La insatisfacción sexual es muy significativa en este grupo de mujeres, la mayoría tienen algún tipo de malestar en esta área, pero siguen minimizando u ocultando las consecuencias negativas que les ocasiona. Las mujeres seguimos sin atender nuestras necesidades afectivo-sexuales desde nuestros deseos y nuestra propia sexualidad.

Ahondando en el área de pareja, recordemos que el modelo tradicional de pareja mayoritario de estas mujeres, es el modelo de inclusión y la estructura familiar que de él se deriva, es la familia nuclear clásica.

Pero, ¿qué sucede cuando el modelo de inclusión entra en crisis, normalmente, porque alguno de los miembros de la pareja ya no está de acuerdo con los roles adjudicados?

Pueden ocurrir dos cosas que afectan de forma diferencial a las mujeres:

1. La mujer, persona incluida, comienza a reivindicar cierto espacio personal no compartido y el hombre, persona incluyente, empiece a sentir que se le quita algo, que está siendo abandonado, y comienza a sentir una pérdida. En este caso, la falta de empatía y la rigidez del hombre para aceptar las necesidades de su compañera, así como las dudas de ella sobre sus derechos y responsabilidades, pueden generar graves conflictos en la pareja. No podemos olvidar que el modelo de inclusión es el modelo donde se asienta la violencia y donde no existe un espacio de autonomía para la mujer. La reivindicación de éste es la justificación del comportamiento violento para él, así como el que ellas deciden acabar con la relación.

2. El hombre, se cansa de la dependencia de la mujer (deja de valorar esta actitud en ella, incluso la critica) y no se plantea soluciones dentro de la pareja, sino fuera. Comienza a satisfacer todo tipo de necesidades en el exterior, deja de ejercer su rol de protección hacia ella, pero, sin perder el estatus de “cabeza de familia”. En esta segunda situación, el abandono de los roles del hombre, es difícilmente comprensible para la mujer. Hasta ese momento existía un pacto en el que cada cual asumía sus funciones, ella desde la posición de la dependencia y él desde la posición del ejercicio de poder (“mis necesidades están por encima”). En un determinado momento el pacto se rompe unilateralmente. Con esta situación comienza un proceso de degradación de la pareja en la que la mujer, casi siempre, lleva las de perder. Es como si se le castigara por no ser (atractiva, enriquecedora), lo que paradójicamente estaba prohibido dentro del pacto. En muchas ocasiones, comienza para ella un calvario de aceptación de situaciones denigrantes y humillantes (amantes, disminución económica…) o incluso violentas. Para ella es muy complejo aceptar lo que sucede, no olvidemos que ella siempre ha cumplido con su parte de trato, y hace todo lo posible por volver al orden establecido. Sobre todo si existen hijas/os en la pareja, porque por ellos/as “se tiene que aguantar todo”. Para estas mujeres aceptar un ruptura de pareja es algo tan frustrante que luchan con todas sus fuerzas por impedirlo, sin valorar los riesgos para su propia salud mental. Se sienten traicionadas y engañadas, además de tener que aceptar que el sentido de sus vidas y sus objetivos se truncan. La ruptura de pareja para muchas mujeres educadas en la sumisión supone un conflicto de tal magnitud que tambalea seriamente su salud mental.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXVII y XXVIII – 2008

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