Un paseo por las nubes... y lo que aconteció bajando de ellas…

Por Ana María

Miércoles 25 de abril de 2012




Desde el día en que llegué al Espacio de Salud “Entre Nosotras” y os conocí, cuando descubría tristeza en los ojos de una mujer, porque no se quería, yo le ofrecía la panacea en forma de revista, artículo y dirección, del lugar dónde empecé a respirar esenciales aromas para encontrar mi felicidad.

¡Qué bien vivía yo en mi alegoría! ¡Qué confianza creyendo yo en las hadas y en las hechiceras, queridas! ¡Qué seguridad, pensando que había un taller de reparaciones, donde arreglaban en cualquier instante, tu parte rota: ¡con solamente llegar allí con las piezas!

Me hubiese gustado seguir “rumiando” en mi jardín florecido, tras plantar unas cuantas semillas, con mi hada madrina de pelo rojo y su barita mágica, en la floración espontánea de mis rosas, en mis “íntimas” caminando en mi misma sintonía. …me hubiese gustado seguir pasando las páginas de mi cuento dorado....

Hasta entonces, la cruzada era interior. Las hostilidades consistían en concebirme con un respeto que nunca antes practiqué conmigo misma. Y en quererme. Y en aquella contienda gane seguridad, confianza y estima y empecé a considerarme un poco mejor y a pedir respeto para mi. Y en mi deleite ignoré, un poco, que parte de mi bienestar, dependía de las “inclemencias” y cómo interfirieran en mi caminar por la vida que voy eligiendo. Y de alguna manera, volví a construir un palacete (que ya no castillo) allí, tras el jardín, lejos “de la vida misma”.

Y cada semana, me recreaba con mi clan, me embelesaba con sus ideas que equiparaba como “idénticas” a las mías. ¡Y sentía que ellas vivían ese momento conmigo! La ilusión de sentirme identificada con otras mujeres, de no concebirme ya como “rara” y de bautizar con nombre tantos miedos y complejos junto a ellas, hizo que cimentara a mí alrededor un muro para preservarme del exterior. Y viví una temporadita en una nube de ensueños consentidos.

Y me licencié en primer curso de paz interior, en primer grado de defensa personal y en muchas asignaturas, que debí aprobar a los catorce años. Me licencié en primer curso de una carrera larga y compleja. ¡Para una analfabeta, era toda una licenciatura!

Y ha llegado el segundo curso para bajarme de la nube. Y me doy cuenta. Porque pasé el primer curso, soy capaz de saber la extensión del recorrido. Soy consciente ahora, de que el taller es el laboratorio donde tengo que “formular” las físicas y químicas de la vida, con la complicación propia de las asignaturas suspendidas, hasta ahora.

Y he abierto una ventana en mi grueso muro, con el propósito de salir al mundo discrepante al mío. Ya he bajado de la nube. Ya no me arropa el mullido algodón. Ya no puedo “remolonear” en mi ensueño elegido. Ya no puedo hacer trampa.

Ya estoy expuesta, a la intemperie, con el manual bajo el brazo y helada de frío. Han empezado las primeras escarchas, las primeras lluvias. Ya me han despertado las primeras nieves. Aún no están identificados los sentimientos: se me agolpa lo aprendido. Se me mezcla la teoría. Ando discerniendo entre esa sutil diferencia que marca el respeto a mi misma y el que concedo a los otros, para mi buena convivencia y la suya. Aquí me veo entre tubos de ensayo “enlazando” el respeto que me debo con la medida hostil que debo consentir a mis semejantes, para obtener ese merecido y nombrado respeto y vivir en paz. Esa barrera que permite vivir con asertividad, comprendiendo a mi prójimo y sin dañarlo.

Ando entre laberintos emocionales, navegando entre las lecciones aprendidas sobre “lo que no debo permitir nunca más de un hombre” y si debo considerar en el mismo grado de permisividad, los comportamientos que recibo del resto de los individuos que me rodean, aunque sean mujeres...

¡Yo no se si paso este curso! en “Entre Nosotras”

Ahora, cuando reconozco a una mujer “que no se quiere”, mi recomendación es otra. Ahora le pregunto si está dispuesta a conseguir su cariño y le informo que esa licenciatura es una de las más difíciles que existen. Porque quererte, es querer la vida que te creas, querer a tus semejantes, después de crearte esa vida y hacerlo con la misma naturalidad con la que debiéramos haber recibido el cariño. Porque quererte requiere el mayor valor que hayas practicado nunca.

Y le hablo de las horas que hay que invertir, las lecturas requeridas, los comentarios de texto, la imprescindible asistencia a clase y ¡las prácticas!

Le dejo muy claro que no sólo consiste en matricularse, que ya es toda una decisión, por cierto.

Ver en línea : Testimonio extraído de "La Boletina" Nº XXIX – 2009

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