La Depresión Posparto una forma de Depresión de Género

Martes 24 de abril de 2012, por Soledad Muruaga López de Guereñu




Han transcurrido más de 25 años desde que se publicaron los resultados de la investigación que llevamos a cabo en los años 80, basada en el análisis de las condiciones de vida de las mujeres después del nacimiento de su primer hijo o hija, y en la que concluimos que la forma de entender y vivir la maternidad por la mayoría de las mujeres, justifica sobradamente la aparición de una Depresión Posparto.

Fue un trabajo novedoso y pionero, con una perspectiva feminista, que ahora se definiría de género, publicado por el Instituto de la Mujer en 1986 (Soledad Muruaga Serie Estudios nº 2, “Análisis y Prevención de la Depresión Posparto”).

En la actualidad, casi tres décadas después de iniciada dicha investigación, considero que, aunque hemos avanzado en algunos aspectos y factores que propician la Depresión Posparto de las mujeres, aún permanecen en nuestra sociedad, muchas creencias, sentimientos y comportamientos dañinos en torno a la maternidad, tales como considerar que una mujer sólo está realizada si es madre o entender la maternidad como algo inherente a la condición femenina. Este y otros tópicos que se transmiten respecto a la maternidad presionan y condicionan enormemente a las mujeres, de forma que la mayoría llega a idealizarla y se asume una necesidad imperiosa tener un hijo o hija para convertirse en una verdadera mujer.

Sin embargo, lo que sigue quedando oculto, lo que no se transmite, es lo que viven y sienten un gran número de mujeres cuando, por fin, ya son madres. Durante el posparto, un porcentaje muy elevado de mujeres, entre el 50 y el 80 %, experimentan tristeza, lloros, fatiga, irritabilidad, insomnio, cefaleas, etc. Este fenómeno, llamado depresión postparto, es todavía poco conocido. Se observa que la conducta problemática se manifiesta generalmente entre los once primeros días después del parto y su duración puede ir desde unas pocas horas hasta varios días e incluso meses. En un 50 % de los casos suele ser moderada y transitoria (conocida como “maternity blues” en la literatura científica anglosajona), pero, según los últimos datos, la llamada propiamente Depresión Posparto, cuya duración es superior a un mes, la padece un 20 % de mujeres, manifestando estos problemas con mayor gravedad y llegando incluso a ser incapacitante para ellas.

En los escasos estudios existentes sobre la Depresión Posparto, realizados fuera de España, no se han podido determinar las causas que la producen. Se ha analizado la relación entre la depresión posparto y otros factores, tales como la reducción hormonal después del parto, una mala experiencia en el parto, la historia familiar o personal de enfermedades psiquiátricas, la edad, etc., pero los resultados obtenidos son contradictorios.

Sin embargo, si observamos y analizamos cómo son las condiciones de vida que llevan las mujeres durante el posparto, es fácil comprender que se produzca una depresión en esta época.

Durante el posparto, la mujer realiza una adaptación y un esfuerzo de gran magnitud, que, además de no ser ni reconocido ni divulgado fuera del ámbito privado, no es suficientemente compartido por el hombre, ni apoyado en la práctica por la sociedad. En general, existe un desconocimiento acerca de los profundos cambios que supone para una mujer el nacimiento de una criatura, especialmente si es la primera.

Por un lado, se producen numerosas modificaciones en nuestro organismo, que con frecuencia conllevan muchas molestias (estreñimiento, hemorroides, dolores producidos por la episiotomía, molestias y grietas en los pechos, dolor de espalda, etc.), a la vez que cambia la forma de nuestro cuerpo, lo que hace que muchas mujeres se sientan descontentas con su aspecto externo. “Cuando me miraba al espejo me encontraba horrorosa: mi cintura ancha, el abdomen flácido... y siempre me sentía húmeda. De mis pechos salía leche entre las tomas y tenía sangrado vaginal”.

Por otro lado, se produce un cambio muy brusco en el modo de vida de las mujeres. Con el nacimiento de la primera criatura, la relación de pareja sufre una importante transformación. Se establece una marcada diferenciación sexista de las formas de vida de la pareja. Sobre la mujer recae la máxima responsabilidad en las tareas de la crianza y del cuidado de la casa, mientras que el varón continua realizando el trabajo asalariado sin producirse una ruptura brusca en su vida cotidiana. Esta división sexista de los roles se propicia con el sistema social de permisos por maternidad, que sólo se conceden a la mujer, lo cual libera a los varones de las tareas de la crianza, perjudicando las relaciones de pareja y el vínculo paterno filial.

El trabajo que deben realizar las mujeres en los primeros meses de la crianza de la criatura aumenta considerablemente. Para atender a la supervivencia, de ésta, tienen que realizar una actividad casi continua para su alimentación, limpieza y cuidado de su salud. Todo ello contribuye a que las mujeres posterguen su propio autocuidado, vean muy reducidas sus actividades personales y relaciones interpersonales; es decir, su tiempo propio. “Me parecía imposible empezar ningún proyecto sabiendo que sería interrumpida por los horarios de la niña. Lo único que podía hacer era atenderla. La imagen de mi misma, de adulta responsable y competente, se destruyó”.

Así, pues, el nacimiento de una hija o un hijo supone para las mujeres enormes modificaciones en su modo de vida cotidiana, afectando incluso a las relaciones sociales y familiares, comunicación, toma de decisiones y relaciones sexuales, etc.

Por otro lado, las mujeres, para ser valoradas como tales en nuestra sociedad, tienen interiorizadas unas normas muy rigurosas en cuanto a su comportamiento como amas de casa, esposas y madres. Es en estas áreas donde la sociedad espera que las mujeres demuestren su valía. Sin embargo, las tareas que deben realizar y la complejidad de todo el proceso que deben asumir requieren poseer una gran energía y numerosas habilidades. Estos dos factores contrapuestos conducen a que los resultados no se correspondan con lo idealizado y a que las mujeres tengan unos pensamientos muy negativos sobre sí mismas, el mundo y su futuro, experimentando sentimientos de desvalorización y culpabilidad. “Cuando veo a mi hija enferma, siempre pienso qué habré hecho mal para que se encuentre en ese estado, y me siento culpable”.

Esta etapa exige, por tanto, una brusca adaptación para las mujeres en varios aspectos a la vez (en su organismo, su vida personal y social), por lo que resulta ser una condición propicia para generar un estado de agotamiento y tensión elevado, que no suele ser suficientemente entendido por la pareja, ni en su entorno familiar. Sin embargo, no nos debería resultar extraño que un gran número de mujeres de los países desarrollados, experimente una Depresión Posparto, si fuéramos conscientes de los numerosos factores estresantes que convergen y afectan negativamente a las mujeres cuando experimentan la maternidad tradicional patriarcal.

En resumen, en este trabajo de investigación, se puso de manifiesto que la aparición de la Depresión Posparto no es inherente a la condición de “ser madre” ni se debe a ningún condicionamiento biológico propio de los procesos del puerperio, sino que se explica por las condiciones que se producen en el postparto, determinadas tanto por nuestra estructura social como por el sistema de crianza y el tipo de socialización que recibimos las mujeres y los hombres en nuestra sociedad.

En la misma línea, una investigación también llevada a cabo en los años 80, por la socióloga María Ángeles Durán, con dos mil mujeres, resulta ilustrativa en algunos de sus resultados sobre la forma en que las entrevistadas viven su maternidad, y particularmente el período del posparto. Casi un 60 % declaró no haber recibido ayuda durante el embarazo y aquellas que recibieron ayuda la obtuvieron en primer lugar de la madre, suegra, hermanas y sólo en cuarto lugar del marido, lo que confirma el embarazo, el parto y el posparto como hechos totalmente femeninos, desde el punto de vista social.

En cuanto a los días de descanso después del parto, de aquellas que trabajan fuera de casa, esta misma encuesta refleja que el 24 % se tomó menos de 7 días, el 22 % de 7 a 30 días, el 17 % de 60a 100 días, un 5% más de 100 días y un 10 % no volvió al trabajo después del parto.

También se preguntó en esta encuesta a las mujeres cuánto tiempo tardaron en volver a dormir normalmente ella y el padre después de la última gestación, la respuesta refleja una media de 251 días en las mujeres y 111 en los hombres. (M. A. Durán “Informe sobre desigualdad familiar y doméstica”. Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1985).

¿Es posible la prevención de la Depresión Posparto?

Según pudimos demostrar en esta investigación experimental, que se llevó a cabo con todas las garantías científicas, la Depresión Posparto es un fenómeno que puede ser evitado, es decir, es susceptible de prevención si se modifican los condicionantes que la están determinando.

Tratando de poner a prueba esta concepción de la Depresión Posparto, durante cuatro años, desde 1980 hasta 1983, realizamos varios cursos de preparación al parto, con perspectiva de género, dirigida a grupos de parejas primerizas y completándolos con una “preparación al posparto” de ambos.

Los resultados nos indicaron que efectivamente la incidencia de la Depresión Posparto es menor en las mujeres que participaron, durante el embarazo, en estos grupos de discusión y de autoayuda, con perspectiva de género. Asimismo, comprobamos que también se modificaban los factores que, según nuestro análisis, intervienen en la aparición de la depresión. Se produjo una mayor participación del varón en las tareas de la crianza y cuidado de la casa, y también las mujeres dedicaron más tiempo a sí mismas y a actividades no relacionadas con la crianza.

Según nuestra teoría de género, para eliminar la depresión y el malestar que sufrimos las mujeres durante el posparto es necesario abordar esta problemática desde una óptica política y social, creando las condiciones necesarias en nuestra sociedad para que se dé una nueva forma de crianza de las criaturas, compartida por el hombre y apoyada por unos servicios públicos de calidad, creando espacios de encuentro para las mujeres, permisos al padre igualitarios para la crianza, servicios de apoyo a domicilio y guarderías públicas.

Las mujeres tendrían que conocer con realismo, cuáles son las situaciones que suelen producirse en el posparto en los diversos ámbitos de su vida: los profundos cambios en su organismo, en la vida cotidiana, en la relación de pareja, etc.

Necesitan analizar, descubrir y compartir con otras mujeres las soluciones que les ayuden a transformar los numerosos aspectos opresivos de sus vidas, específicamente durante el posparto. Han de planificar con sus parejas, de forma realista, el reparto de las tareas de la crianza y de la casa, de modo que las mujeres también dispongan de tiempo propio y puedan participar en la vida social, política, cultural, económica, rompiendo el aislamiento social que suele agudizarse en este período.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXIX – 2009

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