Nuestras conclusiones de los datos obtenidos sobre la familia de origen

Equipo del Espacio de Salud “Entre Nosotras”

Martes 24 de abril de 2012, por Pilar Pascual Pastor




Las conclusiones que se presentan a continuación hacen referencia a los resultados obtenidos respecto a la situación familiar de las mujeres atendidas en el Espacio de Salud “Entre Nosotras” desde enero de 2004 hasta junio de 2006.

De estas conclusiones cabe interpretar que los malestares que sufren las mujeres por el género están asociados al modelo de familia de origen nuclear (madre, padre y hermanos y/o hermanas). En este sentido, la composición de las familias de las usuarias nos indica que no pueden asociarse tipos de familia marginales ni a familias desestructuradas; sino que, al contrario, los malestares por el género tienen incidencia en la población femenina criada en el seno de una familia nuclear “normalizada”.

Se comprueba que existe una gran variabilidad en cuanto al grado de estabilidad emocional de estas familias puesto que, esta característica, está totalmente relacionada con el tipo de relación entre el padre y la madre y, en concreto con la afectividad, la conflictividad y el maltrato que podía existir entre ellos.

En los casos en los que la afectividad entre la madre y el padre es buena disminuye el riesgo de criarse en ambientes inestables. No obstante, no siempre una buena afectividad asegura una estabilidad familiar ya que pueden darse situaciones conflictivas. En este sentido, se ha observado que la conflictividad puede ser positiva para la estabilidad familiar cuando se resuelven los conflictos, pero negativa cuando se quedan sin resolver. En este último caso, la conflictividad ejerce una mayor influencia negativa sobre la estabilidad emocional que la afectividad positiva. Así, se explicarían las situaciones en los que pese a que hubiese una buena afectividad, entre el padre y la madre, se criaron en ambientes familiares inestables.

Podríamos interpretar que: ­- La alta conflictividad entre la madre y el padre bloquean la posibilidad de ambientes familiares de estabilidad emocional y es un indicador de posibles situaciones de maltrato del padre hacia la madre. ­
- Una conflictividad media puede ser indicador tanto de estabilidad familiar como de inestabilidad familiar. En ambos casos, podría aventurarse que el origen de esa conflictividad vendría originada por planteamientos alternativos a los del modelo tradicional de familia. Si se logra negociar y consensuar, la conflictividad será positiva y revertirá en la estabilidad familiar. Si, por el contrario, no se logran puntos de acuerdo, el conflicto se vuelve crónico y repercute en la estabilidad familiar, lo que explicaría los casos de maltrato por pareja afectiva del padre hacia la madre con este nivel de conflictividad. ­
- La baja conflictividad (apenas discutían) representa dos situaciones. Una es la de la estabilidad familiar basada en la afectividad y que no tiene dificultades para resolver los conflictos. Otra es la baja conflictividad asociada a la inestabilidad familiar que reflejarían un conflicto latente y que no es manifiesto ni perceptible para las hijas y los hijos. Pueda ser que, gran parte de estas situaciones, sean el reflejo de relaciones de alta dominación masculina y sumisión femenina, asumida por la madre, y que explicaría la baja incidencia del maltrato en estas situaciones: la madre asume su sumisión y el padre no tiene que ejercer la violencia para dominarla.

Otro indicador de la inestabilidad familiar es el maltrato por pareja afectiva del padre hacia la madre. El análisis de nuestros datos confirma la realidad social española, puesto que la incidencia del maltrato, del padre hacia la madre, en las mujeres atendidas en “Entre Nosotras” fue muy alta, más de la mitad de las mujeres atendidas declaran que su padre maltrataba a su madre. La alta conflictividad y la baja afectividad entre ellos son indicadores de maltrato y, por tanto, de inestabilidad familiar.

Con respecto a la identificación de las mujeres-niñas como víctimas de este tipo de maltrato (del padre hacia la madre), no existe un acuerdo total, porque más del 40% de las mujeres que vivieron en estos entornos no consideran haber sido maltratadas por esta violencia. Creemos que la interpretación que hacia la hija de estos hechos, junto con la implicación o no y forma de reaccionar ante los episodios de malos tratos que presenciaron, pueden ser las variables que lo expliquen. Un porcentaje como el anterior (40%) de las mujeres que vivieron esta violencia, se implicaba activamente, interponiéndose entre el padre y la madre, en la mayoría de los casos.

Según el tipo de relación entre la madre y el padre se puede presumir un tipo de relación con la hija-niña y con la hija-mujer. Las relaciones madre-hija son buenas o malas siendo difícil encontrar relaciones de indiferencia; no así en el caso del padre en el que este tipo de relación es más frecuente. Aunque el tipo de relación, con la madre y con el padre en la infancia, sí parece ser diferencial según los malestares por género, excepto en las mujeres con S.G.Abuso. En este caso, tienden a una peor relación con la madre, y con el padre, probablemente por un sentimiento de desprotección, y en el caso del padre, por que el abusador pudiera haber sido él.

La relación, en la actualidad, con la madre es igual o mejora y, con el padre, es igual o empeora. Cabe afirmar que la relación con la madre mejora a medida que se madura, porque se incrementa el entendimiento desde la posición de adultas y, sobre todo, de mujeres.

Se pone de manifiesto la socialización de género: durante la infancia la mujer construye su identidad de género y desarrolla su personalidad condicionada por esta identificación basada en el sexo

Será en la etapa adulta como mujer donde se identifique con el género materno lo que incrementa las posibilidades de compresión con la madre (mujer) y de alejamiento del padre (varón); y, por tanto, es mayor la probabilidad de mantener una buena relación con la madre que con el padre en la etapa adulta, y mucho más sí vivieron relaciones de maltrato del padre hacia la madre.

Esta es la tendencia habitual asociada a los malestares por el género, excepto en el caso de S.G.Abuso. Una mujer con este síndrome es bastante probable que no mantenga buenas relaciones con el padre pero tampoco con la madre en la etapa adulta.

En cuanto a la afectividad recibida, hemos hallado que la ausencia de una madre y/o un padre afectivo no son factores de riesgo para padecer un malestar por género. Es decir, la relación con el padre y la madre no depende sólo del afecto mostrado a las hijas, sino del grado de estabilidad en la relación de pareja y, del el sistema educativo utilizado. No obstante, una buena afectividad con el padre y la madre incrementa las probabilidades de tener buenas relaciones.

Se han encontrado diferencias significativas, progenitores afectivos/no afectivos en cuanto a que parece existir un cambio generacional en la afectividad ligada al rol de madre: se pasa de una madre poco afectiva (mayores de 44 años) a una madre afectiva (menores de 30 años). No sucede así en el caso del padre, que se mantienen para todos los intervalos de edad proporciones similares de padres afectivos y de padres no afectivos.

En este sentido, las mujeres-madres parecen haber cambiado su manera de cuidar y educar a través de la incorporación de un modelo educativo más afectuoso: cuanto más joven es la mujer atendida hay más posibilidades de que hayan tenido una madre afectuosa. No ocurre lo mismo con el padre-hombre, que mantiene una misma línea educativa, poco basada en el afecto, a lo largo de las distintas generaciones. Puede presuponerse que la apertura al espacio público y la inclusión de la mujer en el ámbito público posibilita un cambio en el desempeño del rol de madre: más espacio y distribución diferencial del tiempo que podrían permitir espacios de afecto. Sin embargo, el rol de padre se mantiene estático y no se encuentran comportamientos diferenciales respecto al afecto paterno puesto que no varía según edad, lo que indicaría: la falta de inclusión masculina en el ámbito doméstico (no existen variaciones en la responsabilidad en el cuidado y crianza de los hijos/as).

Otra característica del sistema educativo, en el que han sido socializadas las mujeres, es la división sexista del reparto de tareas en el ámbito familiar.

El hecho de que no exista diferencias de respuesta entre las mujeres que tenían sólo hermanos y las que tenían hermanos y hermanas parece indicar el arraigamiento de esta división sexual en la tradición familiar, reflejo de la realidad social y, al tiempo, indica que no existían modelos educativos de referencia alternativos.

Se ha analizado si la existencia de una división sexual de roles variaba según la edad. Sin embargo, el análisis no muestra diferencias estadísticamente significativas. Por tanto, el modelo de educación sexista no ha variado se ha mantenido en todas las generaciones. Sin embargo, sí existen diferencias en la aceptación/rechazo de ésta división sexual del reparto de roles. Por edad puede afirmarse que a medida que aumenta la edad se incrementa el grado de aceptación y disminuye el rechazo de roles sexistas.

No obstante, hay que considerar como alto el número de mujeres jóvenes que siguen aceptando el reparto sexual de roles. Es decir, hay distancias según edad pero no puede decirse que la aceptación del modelo de roles sexuales sea residual. Sigue siendo un modelo aceptable para un porcentaje significativo de las mujeres jóvenes atendidas. Sin embargo, hay que destacar que, en este grupo, existe un porcentaje muy bajo de indiferencia, lo que puede ser indicador de cambio social ya que la mayoría del porcentaje que pierde la postura indiferente tiende a ir hacia el rechazo.

El modelo sexista en la familia de origen es extensible a todos los casos, independientemente del malestar o trastorno. La socialización de género, discriminatoria y sexista, explica gran parte del malestar inherente a los trastornos por el género a través de la familia (reproducción de los mandatos de género).

La única variación es que es aceptado de diferente forma según la generación: son las más jóvenes las que en mayor grado rechazan este sistema (aunque no hay que olvidar que una significativa parte de mujeres de esta generación siguen aceptándolo).

Se ha podido comprobar cómo se reproducen los roles sexistas a través de la diferenciación de tareas. Las labores domésticas y, en segundo lugar, el cuidado de menores, son tareas extensibles, asociadas a todas las mujeres atendidas independientemente del malestar. Hay que puntualizar que la elevada media de hermanos/as asociada a las mujeres que padecen S.G.Abuso explica que una mujer, con este malestar, tenga una mayor probabilidad de encargarse del cuidado de sus hermanas/os.

Por otro lado, hay que señalar que la diferenciación sexista de tareas no es fuente de conflicto ni origen de una relación negativa con el padre o con la madre.

Con respecto al nivel de autonomía permitido, no se han encontrado diferencias significativas entre los distintos malestares. Encontrándose sólo, como dato relevante, que son las mujeres menores de 25 años las que tienen un nivel de autonomía superior al resto de grupos de edad y son prácticamente inexistentes, los casos dentro de este grupo de edad, en los que no existe nada de autonomía. El cambio en el nivel de autonomía es un cambio social que se deja sentir en las más jóvenes (menores de 25 años).

También cabe señalar que existen diferencias entre la valoración de la relación en la infancia con la madre y con el padre, y el nivel de autonomía permitido. El nivel de autonomía es mayor en el caso de las buenas relaciones y desciende según la relación es mala y, más aún, si es indiferente.

A medida que aumenta la edad disminuye el porcentaje de mujeres a las que les permitían realizar actividades extraescolares, lo cual puede interpretarse como ejemplo de la apertura paulatina al ámbito público de las mujeres. Tener hermanos y hermanas parece estar más relacionado con la autonomía. Son las mujeres con hermanos/as las que menos actividades extraescolares han realizado, seguidas de las que tienen hermanas o hermanos; y las hijas únicas las que han hecho más actividades extraescolares. Cabe señalar que en las familias con hijas únicas puede existir una mayor disponibilidad económica y un mayor tiempo para dedicarlo a los hijos/as y a sus actividades. Sin embargo, la presencia de hermanas y hermanos pone de manifiesto una mayor división sexual del espacio de ocio y de la autonomía ya que desciende el porcentaje de mujeres que realizaron actividades extraescolares.

El modelo educativo en el que se criaron las mujeres atendidas es un modelo basado en el castigo, y poco en el premio. Todas eran castigadas pero sólo la mitad premiadas y, un tercio recibían castigos de maltrato psicológico o físico.

Se ha comprobado como la tendencia es ignorar el conflicto, algo muy característico de la socialización de género: a las mujeres con trastornos de género se les enseña el comportamiento sumiso de evitar los conflictos y no resolverlos. Destaca, además, que se siga primando este tipo de socialización y no existan diferencias por edad. Sólo, en las jóvenes, se percibe un cierto cambio de tendencia, se modifican la pauta de ignorar el conflicto por la de afrontarlo con violencia (inclinándose más hacia un modelo masculinizado).

En cuanto al maltrato infantil, es significativo que pese a recibir castigos, la mayoría de las usuarias no consideran haber sido maltratadas por sus progenitores, es decir, no vivieron los castigos como maltrato.

No obstante, no hay que obviar que un tercio de las mujeres atendidas sí consideran que fueron maltratadas. Además, el análisis del abuso sexual, muestra porcentajes similares, ya que un 34,6% de las mujeres consideran haber sido abusadas sexualmente en su infancia

En las familias en las que había maltrato, del padre hacia la madre, el nivel de autonomía y la práctica de actividades extraescolares era más baja que en el resto.

En resumen, a través de la familia de origen, las mujeres atendidas han sido socializadas en un sistema sexista, en los que se ha interiorizado el modelo de inclusión a través de la madre y el padre como figuras de apego y, a menudo, el maltrato por pareja afectiva como mecanismo de pervivencia del sistema dominación-sumisión. Además la socialización, en ambientes familiares inestables ofrece menos oportunidades y recursos adecuados para el desarrollo de la vida adulta y, en el caso de las mujeres, supone la construcción de la identidad a través de la interiorización de modelos muy masculinizados (por referencia al padre) y feminizados (por referencia a la madre.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXIX – 2009

P.-S.

Si deseas acceder al informe completo de esta investigación puedes hacerlo en nuestra www.mujeresparalasalud.org en la sección de Investigación.

Avda. Alfonso XIII nº 118 - Madrid 28016 | Tel. 91 5195678 | info@mujeresparalasalud.org | Aviso Legal | Seguir la vida del sitio RSS 2.0