La atadura invisible

Martes 24 de abril de 2012




Es cierto que no es fácil enfrentarse a una ruptura de pareja. Pero en una situación de este tipo confluyen factores sociales y psicológicos que pueden generar desde una vivencia saludable en la que se haga un duelo adecuado y realista, hasta una experiencia dramática en la que nos enganchemos de forma interminable a un pasado nocivo para nuestra salud.

En este artículo vamos a analizar las dificultades psicosociales que podemos tener las mujeres para centrarnos en una nueva etapa vital, pero básicamente nos centraremos en los obstáculos internos o psicológicos que podemos desarrollar, no tanto en los inconvenientes sociales graves que se dan, por ejemplo, en casos de violencia de género. Tampoco vamos a matizar las diferencias específicas que podría haber en relaciones homosexuales. Ambos temas merecerían un artículo propio.

Lo primero que hay que tener en cuenta, es que el divorcio no se percibe por la sociedad, ni se asume por él/la protagonista de la historia de la misma forma, dependiendo del género de la persona. A pesar de los derechos adquiridos legalmente en las últimas décadas, en el inconsciente colectivo se sigue considerando a las mujeres como ciudadanas de segundo orden, con la posibilidad de aumentar de estatus a través de estar emparejadas, ya que se parte de que nuestro proyecto vital debe estar centrado en atender las necesidades de un hombre que nos sublime. De aquí se deriva que, pasar de estar emparejadas a divorciadas, es uno de los cambios que más pueden aumentar nuestra desvalorización social, porque no se concibe que una mujer se desligue de esa función y se centre en sí misma.

Cuando la decisión la toma el hombre, se le suele justificar buscando alguna “deficiencia” física, psicológica y/o sexual de la mujer para cumplir con su rol, y se le otorga el derecho a buscar una compañera más adecuada para sus necesidades. El lo hace “por alguna razón”, y ella queda marcada con el sello de “mercancía deteriorada”. Pero cuando es la mujer la que toma la iniciativa, suele provocar rechazo porque no se asume su derecho a trasgredir su papel de cuidadora. Se sigue partiendo de que la mujer se debe a su hombre, y tiene que aguantar con lo que le toque. Por lo tanto, una mujer que se sale de su rol social debe ser castigada simbólicamente, y es probable que encuentre obstáculos legales, morales, económicos y/o psicológicos por parte de su entorno, y principalmente a través de la figura de su ex pareja, con el objetivo de dificultarla recuperar la dignidad personal.

Esto puede ocurrir a pesar de que en la realidad, la mujer después de separarse, sigue postergando sus necesidades por priorizar sacar a sus hijos/as adelante (la custodia es más una responsabilidad que un derecho), y tiene bastantes dificultades para rehacer su vida amorosa, primero por su propia actitud, y segundo por la pérdida de prestigio social, que disminuye a medida que aumenta la edad.

Por otro lado, respecto a los motivos habituales para cortar la relación, también se aprecia una diferencia de género. Se percibe que los hombres suelen romper cuando deciden apostar por otra relación de pareja más estimulante y atractiva; en cambio las mujeres suelen separarse como última alternativa ante una relación deteriorada, o por escapar de una relación de violencia de género.

Estas son las dificultades externas básicas que puede tener una mujer para rehacer su vida, pero vamos a analizar las dependencias emocionales de origen psicosocial, que la pueden dificultar desvincularse de una historia de pareja acabada y/o nociva. En nuestro trabajo terapéutico, nosotras valoramos si una mujer sufre un Síndrome de género específico de este tipo de situaciones, llamado “Síndrome de divorciada”. Hablamos de un conjunto de enganches o dependencias psicológicas asociadas a un proceso de ruptura de pareja, que pueden provocan síntomas de malestar psicológico de tipo depresivo y/o ansioso, y también dolencias físicas de origen psicológico, más o menos intensas.

Podríamos clasificar los enganches emocionales en función del objetivo que se proponen. Por ejemplo, si son de acercamiento a la ex pareja, podemos referirnos a un enganche amoroso, de simpatía y/o de pena hacia él. Si son de rechazo hacia él, hablaríamos de enganche de rabia, celos, envidia y/o miedo. Y si son de rechazo hacia una misma, estarían el enganche de culpa, soledad y autocompasión.

Pero un enganche no es una “enfermedad” que nos cae encima por casualidad, sin responsabilidad por nuestra parte. En realidad, es un mecanismo de defensa de nuestro cerebro, un hábito mental/conductual cuya función principal es evitar centrarnos en el malestar asociado al cambio, posponer el afrontamiento de las situaciones difíciles del proceso de ruptura, que por otra parte son las que nos podrían ayudar a madurar psicológicamente. Todas las personas tenemos cierta resistencia a cambiar, por ejemplo, por el miedo a lo desconocido, a perder nuestra identidad basada en nuestro proyecto pasado; por el miedo al fracaso, en el cual influye mucho la intolerancia a la frustración y a cometer errores; incluso por miedo al éxito cuando no estamos acostumbradas a ponernos metas, a conseguirlas y a disfrutarlas de forma sana.

Así, mientras estoy enganchada, sufro a raíz de pensamientos y conductas tóxicas que me atan a la ex pareja; podría parecer que soy masoquista por quedarme atrapada en el dolor, pero no es esa la razón, ya que mientras estoy enganchada consigo un “beneficio” a corto plazo, porque evito el malestar asociado a la dificultad de aprender estrategias prácticas para afrontar mis carencias personales y emocionales en mi vida actual. Aquí funciona un poco el refrán: “más vale lo malo conocido (sufrir por no poder cambiar el pasado), que lo malo por conocer (sufrir por no saber afrontar el presente y el futuro)”.

Entrando en los tipos de enganches y sus contenidos mentales, en relación con la causa de la ruptura, podríamos ver tendencias específicas. Cuando la mujer decide separarse, es más probable que sus enganches tengan forma de culpa y pena, por pensar que está abandonando su “obligación” y rompiendo la unidad familiar respecto a su marido y sus hijos/as. También suele haber miedo al conflicto con su ex, y dificultad para poner límites a las posibles manipulaciones y chantajes que él utilice para boicotear el proceso, en función de las carencias asertivas de ella, y/o del grado de abuso o maltrato por parte de él. Por otro lado puede que esté presente la rabia por ser consciente de lo que ha aguantado en la relación, y se quede enganchada en un pensamiento de injusticia (“no debería haberme tratado así, no es justo…”), en lugar de utilizar esa emoción como motor para hacer cambios hacia el futuro.

En cambio, cuando la mujer no toma la decisión, los enganches más habituales son el amoroso, la soledad y la autocompasión, por sentirse abandonada; la culpa por creer que ha fracasado en su proyecto (como pareja, mujer, persona). Y en caso de que su ex tenga una nueva pareja, es habitual que sienta rabia en forma de celos y envidia por compararse negativamente con la otra, por pensar que le están quitando algo suyo, y considerar que la ruptura no es una consecuencia justa al sacrificio que ella ha hecho por estar con él.

Todos los enganches están basados en pensamientos irracionales o tóxicos que hay que cuestionar de forma realista para poder salirse de ellos. Cuando una mujer dice “le sigo queriendo, no puedo vivir sin él”, está interpretando erróneamente su dificultad para desvincularse, porque en realidad significa que tiene una dependencia emocional en relación a una falta de autonomía y/o de autoestima. Las mujeres seguimos educándonos en una sociedad que no nos facilita ser autónomas emocionalmente, algo imprescindible para conseguir una buena autoestima; y por lo tanto nos fomenta la dependencia de otra persona que nos “transmita” esa fuerza y esa confianza que nos cuesta ver en nosotras mismas. Entonces, cuando iniciamos una relación de pareja no solemos tener un grado de madurez y autonomía suficiente para elegir una pareja igualitaria que nos respete como personas completas. Solemos quedarnos con hombres dispuestos a camuflar nuestros miedos personales a cambio de desarrollar un rol de cuidadora, más o menos sumiso.

Otro aspecto importante a tener en cuenta, es que debajo de los contenidos específicos de cada enganche, hay necesidades humanas saludables sin cubrir. Pero en lugar de identificar qué necesidades concretas tengo y buscar cómo satisfacerlas de forma realista, me enredo emocionalmente en alimentar fantasías y fantasmas respecto a la historia de pareja, que me llevan a un callejón sin salida. Es como estar enganchada a una sustancia adictiva que me hace consumir más y más, condenada a la insatisfacción vital, porque es imposible atravesar ese muro.

Vamos a ver cuáles pueden ser en cada caso. En el enganche amoroso y el de celos, hay una necesidad real de afecto y de vinculación, pero me empeño en intentar satisfacerlas con la persona equivocada; en el enganche de la pena hacia él, que me hace seguir cuidándole, puede haber una necesidad de sentirme competente, pero el problema es hacerlo a través del rol maternal. Cuando siento culpa, tengo la necesidad de sentir coherencia entre mi decisión y mi ética, pero no me doy cuenta de que me estoy basando en valores poco saludables. Si estoy enganchada a la rabia por el mal trato recibido, necesito respeto, pero no tanto el de él, sino el mío propio. Cuando le tengo miedo, necesito autoafirmarme y hacer cosas para sentirme segura. Al sentir envidia por lo bien que le van las cosas a mi ex, necesito ponerme metas personales para mejorar mi calidad de vida al nivel que haga falta. Si me compadezco de mí misma, puede que esté necesitando ponerme alguna meta que me motive para recuperar la dignidad y la autoestima. Y por último, en el enganche de la soledad, se podrían diferenciar varias manifestaciones en función de tres tipos de necesidades: puede haber una necesidad afectiva; por otro lado puedo sentirme sola porque necesito relacionarme socialmente, dejar de aislarme. Pero también puedo sentir lo que se llama la “soledad técnica”, que se refiere a la dificultad para afrontar funciones prácticas cotidianas generalmente asociadas al rol masculino y que no he llegado a asumir como propias (desde colgar un cuadro hasta tomar decisiones financieras…), y que implicaría una necesidad de aumentar mi competencia y autonomía práctica.

La alternativa por tanto, sería pararse a reflexionar, identificar qué necesidad humana hay debajo de cada tipo de pensamiento negativo que me ata al pasado, qué dificultades tengo para avanzar, y empezar a poner a prueba estrategias prácticas para satisfacerlas, tolerando la frustración por no tener refuerzo inmediato, y motivada por aprender recursos que me permitan crecer y madurar como persona. Un ejemplo: acabo de llegar a casa, me siento un momento en el sofá, y me empiezan a venir pensamientos que me abruman: “no tengo tiempo para nada, mis hijos están pesadísimos, y no dejan de reclamar mi atención y de preguntarme cuando va a volver papá; yo vengo agotada del trabajo, tengo un montón de papeleos pendientes, y siento que me voy a romper por dentro”. Ante esta situación de estrés, yo podría empezar a autocompadecerme (“esto es demasiado para mí, no lo voy a poder superar, no soy lo suficientemente fuerte, porqué me ha tenido que pasar esto a mí, qué he hecho para merecer esta tortura…”), y a llorar amargamente, lo que me podría provocar un intenso dolor de cabeza que me hiciera estar más irritable con los niños y meterme en la cama deprimida. Y así un día y otro día de forma circular. Si yo me engancho a la autocompasión, me voy a sentir muy mal, pero no tengo que hacer ningún esfuerzo para salir de esta espiral. Para eso tendría que identificar mi necesidad principal y buscar estrategias para satisfacerla. Y luego buscar alternativas eficaces para afrontar las dificultades cotidianas. Es decir, lo primero tendría que darme cuenta de que cuando estoy estresada por un exceso de demandas externas, generalmente nuevas y más o menos complicadas, tengo que priorizar un tiempo de descanso, necesito descansar, desconectar de los problemas durante un rato, y a ser posible centrándome en estímulos sensoriales y actividades gratificantes que tengan que ver con mis gustos. Podría darme un baño de espuma mientras escucho una música especial, para acabar dándome un masaje con crema en los pies…Alguna dirá que no es tan fácil hacerlo, porque “primero hay que conseguir entretener a los niños con algo, no me apetece hacer nada”, y además están los pensamientos de preocupación que pueden interferir en la relajación. En este caso habría que ver qué dificultades mentales y prácticas tengo para conseguir este objetivo, pero en cualquier caso estaría centrada en desarrollar recursos para sentirme mejor conmigo misma en lugar de autocompadecerme. Y aunque no consiguiera los resultados ideales, estaría trabajando para acercarme a ese fin. Después de descansar, vendría el momento de planificar metas realistas respecto a las tareas pendientes de resolver, y para eso tendría que identificarlas sin minimizar el esfuerzo que conllevan (lo solemos hacer con todo lo que tiene que ver con nuestro rol maternal hacia los demás), pero tampoco magnificándolo (en general los aspectos técnicos en los que no nos sentimos competentes por falta de práctica), y organizarlas en función de mi tiempo libre.

En definitiva, lo que realmente necesitamos las mujeres para elaborar adecuadamente un proceso de ruptura de pareja, no es tanto que las circunstancias externas sean fáciles, como asumir la responsabilidad sobre nuestro propio bienestar físico, emocional y social, como principal prioridad en nuestra vida; y empezar o continuar construyendo con actitud creativa, un proyecto propio centrado en nuestras necesidades de autonomía, autocuidado y realización personal.

Ver en línea : Artículo extraído de "La Boletina" Nº XXX - 2010

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