Epitafio a mi "YO" niña

Isabel Martínez

Viernes 11 de mayo de 2012




Mi querida niña:

Para ti va este «epitafio» con la intención de «enterrarte» por y para siempre, porque sé que aún estás herida y asustada. No temas, ya que estoy aquí para protegerte, no tienes por qué ocultarte. Tú no fuiste la responsable de lo que sucedió; deja, por favor, de sentirte mala y sucia. Sal y llora, junto conmigo, todas tus pérdidas. Tu descanso será mi paz.

Escucha bien todo lo que te voy a contar porque sólo así podrás entenderte y perdonarte. Solamente así yo podré empezar a actuar como una mujer adulta y no como una niña asustada.

Cuando conociste a tu tercer abusador, sentiste por primera vez que alguien del sexo masculino te quería, te consideraba, te valoraba... Y tú, de una forma inocente, de una forma clara y limpia, le ofreciste tu corazón, como cualquier niña hubiera hecho en tu lugar. Todo era perfecto: tu mamá había recuperado su sonrisa: ya había una persona con la que compartir su vida, después de tantos años de amarga soledad, y además este «hombre» se mostraba muy AFECTUOSO contigo. Nunca había problemas para salir los tres juntos, no se te apartaba de ninguna situación; donde iban ellos, ibas tú. ¡Qué feliz e imprescindible te sentías!

El AMOR, que pronto surgió de vosotras hacia ÉL y la CONFIANZA que depositasteis, le sirvió para comenzar a tejer su sutil e invisible, pero poderosa, tela de araña.

La primera vez que abusó de ti, en un sentido estrictamente sexual, porque desde un punto de vista emocional ya lo había hecho, estabais en la CASA de Legazpi. Es en esas casas llamadas FAMILIARES donde se cometen las mayores atrocidades. Podríamos cambiar el término de «casas familiares» por «casas de las torturas o casas de los horrores ». Aquello parecía más bien una cueva, no sólo por la oscuridad, sino también por la humedad que rezumaba de todos y cada uno de sus rincones. Tu mamá, decía, estaba en la cocina; él y tú, en el comedor, supuestamente viendo la tele. De momento puso sus sucias y malévolas manos en tus pechos y, por encima de tu jersey, empezó a acariciar tus pezones. En aquel instante te quedaste paralizada; tu cuerpo reaccionaba ante aquellas caricias, te gustaba lo que sentías, era un placer inmenso que te inundaba de los pies a la cabeza. Aquella situación ya la habías vivido: en tu infancia habías sufrido abusos sexuales por parte de otros parásitos llamados HOMBRES; otras fieras disfrazadas de corderos habían manoseado tu cuerpo. Todos esos parásitos decían quererte mientras te devoraban. ¡Que contradicción! ¡Que confusión! ¡Que incoherente! ¡Amor y sexo siempre entremezclados!

¿Por qué no contaste nada si ninguno te obligó físicamente a guardar silencio? Mi querida niña, tú eras capaz de percibir cómo aquello que te había sucedido en tu infancia, y que se estaba repitiendo en tu adolescencia, era vergonzoso, no estaba bien, tenía un carácter prohibido. Con este tipo de percepciones y de sensaciones, desde el abuso del primer «parásito », creo que se produce tu primera pérdida: la pérdida de tu niñez, la pérdida de los buenos sentimientos hacia ti misma. Te empezaste a sentir sucia hacia los cinco o seis años. A partir de ahí el autoaborrecimiento y la vergüenza te acompañan.

Después de aquel primer abuso con el parásito de tu madre, estos se van repitiendo sin que haya una coerción física. Tú, mi pequeña, quedaste atrapada en sus redes; este bicho te estaba engullendo tan lentamente que no podías ni siquiera ser consciente de tu propia muerte. ¿Cómo podías saber que esa fiera ¿persona? te estaba aniquilando emocionalmente? ¿Cómo podías imaginar, desde tu inocencia, desde tu confianza, desde tu amor sano e incondicional que hubiera personas tan perversas en el mundo? ¿De qué te ibas a defender si aquellas experiencias no te producían dolor alguno? ¿Cómo se lo ibas a contar a tu MADRE, con lo que ella quería a ese parásito? ¿Cómo se lo ibas a decir, si tú misma tenías la creencia de que la estabas traicionando?

Junto a las sensaciones placenteras y la dependencia emocional que ese HOMBRE te genera, se te crea ya, y de forma consciente, un apabullante sentimiento de culpa y vergüenza: experimentas placer con alguien con quien no debes y que, para colmo, no necesita forzarte. Quiero que sepas que no tienes por qué seguir castigándote por ello. Tu cuerpo, como el de cualquier otra niña, estaba preparado fisiológicamente para reaccionar como lo hizo y el hecho de que, en principio, no necesitara forzarte, no le hacía a ÉL menos responsable; tú eras la víctima, desde tu niñez, desde tu adolescencia, no tenías por qué controlar esas sensaciones, controlarse era responsabilidad de esa PERSONA ADULTA, independientemente de lo que sintieras.

Simultáneamente a esta relación de abuso, esta, ¿COSA?, sigue ampliando su tela de araña, alimentándote cada día con dosis falsas de AMOR. Cada día está más controlador, cada minuto dependes más de ÉL. Cada segundo permaneces más aislada. No haces nada que pudiera enfadarlo, buscabas constantemente su aprobación. Te hizo creer que le querías y que EL te AMABA DE VERDAD. Sexualmente te hace gozar, gozas hasta estremecerte. AMOR falso y SEXO están unidos, amor y sexo son dos conceptos que están confusos desde tu infancia. Todos los HOMBRES que te proporcionaron cariño hacían uso de tu CUERPO. Aquí pierdes tu inocencia.

La creencia que estos INDIVIDUOS colocaron sobre tu cabeza, es que sólo a través del SEXO podrías obtener CARIÑO y AMOR y que el objetivo de cualquier PERSONA que se te acercara, era puramente sexual. Con estos pensamientos perdiste la CONFIANZA y el concepto de un AMOR sano, un AMOR verdadero.

Mi pequeña, estoy orgullosa de ti; tú eras la persona más sana de aquel enfermizo núcleo FAMILIAR. Tú sola te las arreglaste para salir adelante a partir de esos modelos tan negativos, tan devastadores para cualquier existencia. De veras te quiero y admiro tu valor.

Bajo el efecto del veneno que esos arácnidos escupieron sobre ti, te sientes objeto de deseo de todos y cada uno de los HOMBRES que se te cruzan. Te mueves perfectamente en el campo de la seducción y de la provocación; te recuerdo que tuviste unos maestros muy habilidosos. Tu CUERPO ya no te pertenece, pertenece al MUNDO MASCULINO. Todo lo que haces es por y para ellos; así pierdes tu espontaneidad.

Tú no eras una puta, ni una viciosa, ni te gustaba follar con todos. Tus contactos con el mundo exterior, las formas de aproximarte, tu manera de llamar la atención, respondían a esa falsa percepción que tenías de ti misma y de las relaciones. Te repito que fueron esos HOMBRES quienes te dejaron esa herencia, tú nada tuviste que ver, tú no fuiste culpable ni responsable de lo que sucedió.

Te recuerdo, por si lo has olvidado, que trataste de cortar, por fin, aquellos abusos utilizando todos los medios, sobre todo porque en ti, aunque aquello te producía un inmenso placer, se estaba empezando a crear un tremendo conflicto ético y moral. Cuando tú expones a ese HOMBRE lo que piensas a cerca de vuestra RELACIÓN y expresas el deseo de que aquello cese, es cuando percibes las primeras señales de los verdaderos deseos de ese insecto:

  • «yo soy muy desdichado, total a ti, NO TE CUESTA NADA»
  • «si no me quieres, me mato»
  • «no puedo vivir sin ti, eres mi AMOR. Quiero que me des un hijo»
  • «eres una puta, te gusta lo que te hago»
  • «te van a follar todos»
  • «sólo sirves para follar»
  • «si lo cuentas, les diré que fuiste tú quien me provocó»
  • «nadie te va creer»
  • «si lo dices, tu madre enfermará»

Además de las coerciones que esta cosa, «cualquier otra definición es darle más sentido del que se merece», utilizaba contigo, también recurrió a la violencia física que compensaba con posteriores regalos. ¿Crees que con el pánico que te producía este tipo de chantaje podías hablar con alguien de lo que te estaba pasando? ¿Qué me dices del terror que sentías al imaginar a esa FAMILIA, que se acababa de formar, desintegrada? ¿Crees que para ti era fácil aceptar la crueldad de ese HOMBRE que tú querías? Para ti fue mucho más «sencillo» justificar a esa araña, pensando que efectivamente te quería y que realmente no podía controlar ni sus sentimientos ni sus impulsos sexuales. Ya que ÉL era incapaz de modificar esa conducta, tú aprendiste a controlar tu cuerpo: permaneces sumisa a sus necesidades y consigues insensibilizar tu cuerpo; con ello, tus sentimientos de culpa y de vergüenza disminuyen y, al menos, no sientes placer; así también te aplicas tu propio castigo.

Permanecer sumisa durante los abusos no te permitía aislarte de tu dolor físico ni psíquico, por lo cual aprendiste a distanciarte del acto sexual. La única forma de soportar tanta humillación, la única manera de sobrevivir a aquellas vejaciones era «salir» del cuerpo, escapar. Para lograrlo utilizaste diferentes recursos, pero, básicamente, te apoyabas en al música y en la poesía. Mientras él devora tu cuerpo, tú repasas mentalmente partituras ya aprendidas; también recitas a tus poetas favoritos.

Paralelamente a esta actitud de esclavitud, se dan brotes de rebeldía, pero no sirven de nada: tus argumentos no son escuchados, tus sentimientos no tienen ningún valor para esa bestia. Te conviertes en su «objeto» de deseo, te cosifica. Aquí, además de producirse un daño fortísimo en tu autoestima, pierdes la capacidad para vivir tu sexualidad de una forma sana y natural. Cualquier tipo de acercamiento, venga de quien venga, ya tiene para ti unas connotaciones tremendamente negativas, sucias. Sin embargo, habías sentido y oído muchas veces que sólo servías para eso; habías crecido creyendo que no eras buena nada más que para el sexo; te habían enseñado que a través del sexo podías conseguir cualquier cosa. Es entonces cuando empiezas a arrojarte en brazos no de cualquier hombre, sino de aquellos que te permitían repetir el guión familiar aprendido; cuanto más degradantes, mejor. Buscabas hombres que encajaran con la imagen que tenías de ti misma. Los objetivos inconscientes que rondaban por tu cabeza manteniendo ese tipo de relaciones eran:

- reforzar tendencias autodestructivas.
- volver a experimentar el placer que en su momento experimentaste.
- encontrar un poco de afecto a través del sexo.

Con los maltratos y abusos que se suceden dentro de esa «casa familiar», más las que te proyectas fuera, pierdes la alegría de vivir, alegría de vivir que mi YO adulto recupera gracias a que tú, mi niña, le has permitido honrar todo lo que hiciste para SOBREVIVIR a aquel....

Ver en línea : Artículo extraido de "La Boletina" Nº XXI - 2002

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