Violencia sexual invisibilizada

María

Miércoles 9 de mayo de 2012




Por desgracia, se cometen violaciones; las agresiones sexuales más directas en contra de la voluntad de la mujer. Pero también hemos aprendido a darle importancia a formas más encubiertas de violencia sexual que ocurren dentro de la pareja y que, a simple vista, pasan inadvertidas para los que están cerca. Esto me pasó a mí.

Cuando conocí a mi pareja le idealicé; creí que era mucho más cariñoso, mucho más maduro de lo que era en realidad. Ese es mi problema, que idealizo a la gente y me creo en mi mente una imagen de las cosas poco realista.

Uno de los problemas de él, era que bebía a menudo y le cambiaba el carácter, entonces se convertía en un tipo indeseable que me gritaba sin motivo. Yo era tan comprensiva que enseguida le perdonaba. Él lo estaba pasando muy mal porque su hermano había muerto recientemente, así que, lo pagaba conmigo y con los que había alrededor. De los gritos pasaba a los insultos y, luego me pedía perdón. Salíamos por ahí y se inventaba excusas para pegarse con el primero que encontraba. Yo me sentía avergonzada pero no era capaz de plantearme si dejarle.

Así la relación afectiva era un desastre pero no mejoraba mucho cuando se trataba de tener relaciones sexuales. Las primeras veces me lo pasé muy bien, puede que por eso “me enganchaba” a él. Pero muy pronto vinieron las desilusiones.

Intento hacer memoria pero no recuerdo que me dijera nada bonito, nada que le gustase de mí en año y medio de relación. Sólo recibía duras críticas sobre mi aspecto, mi forma de vestir, mi pelo, mi cuerpo. Siempre críticas negativas.

Tenía “gatillazos” (cosa que por supuesto yo respetaba) y me culpaba de estar pensando en otro o lo primero que se le ocurriera. Yo me quedaba alucinada. Poco a poco nuestra relación sexual se fue convirtiendo en una monótona pesadilla basada en la postura del misionero porque me impedía introducir ninguna variación y no me dejaba tomar la iniciativa. Las caricias desaparecieron. No había juego más que la penetración y me presionaba para que le practicara sexo oral siempre porque decía que si no, no funcionaba.

Empecé a odiarle pero no me lo quise reconocer a mí misma. No sentía nada con él. Me negaba a tener relaciones y accedía de vez en cuando para complacerle. Se me quitaron las ganas.

Ahora he comprendido por qué seguí con él, es porque tengo muy poca autoestima. Me creía que no era digna de que me quisieran de verdad, de que me respetaran. Hice mentalmente las maletas infinidad de veces pero no me atrevía a llevarlo a cabo, porque me sentía responsable de sus sentimientos, que eran más importantes para mí que los míos. Y me dejaba chantajear con gritos, lloros y súplicas, según le diera. Estuve muchos meses paralizada sin saber qué hacer, sin poder dormir tranquila, hasta que fui capaz de marcharme de casa. Y entonces, descubrí que lo difícil no era marcharse, si no, estar a su lado. Abres la puerta, te marchas y ya está, es más fácil de lo que parece.

Ahora nadie me grita para que le lleve la toalla al salir de la ducha, nadie me hace fregar el suelo de rodillas, nadie me intenta hacer a semejanza de su madre, nadie me impide colgar un cuadro que me guste en mi propia casa…, y es mucho mejor.

Todavía siento el efecto de sus desprecios. Estoy aprendiendo que puedo gustar a los demás y que puedo gustarme. Me siento libre, siento que he vuelto a nacer y que puedo reconstruirme, reconstruir mi vida y valorarme yo sola, sin esperar el veredicto de cualquiera.

Si alguien está pasando por lo que yo pasé, quiero que sepa, que habría sido todo mucho más fácil, si a la primera falta de respeto, le hubiera dejado. Cuanto más tiempo pasa, más se complica la cosa y, más atadas nos sentimos. Pero nunca es tarde. En cualquier momento podemos empezar a vivir nuestra propia vida.

Ver en línea : Artículo extraido de "La Boletina" Nº XXIV - 2005

Avda. Alfonso XIII nº 118 - Madrid 28016 | Tel. 91 5195678 | info@mujeresparalasalud.org | Aviso Legal | Seguir la vida del sitio RSS 2.0