Espacio personal y espacio compartido

Miércoles 25 de abril de 2012, por Pilar Pascual Pastor




Comenzar la andadura de la relación y convivencia en pareja de una mujer y un hombre, que han sido educados en el sexismo de nuestra sociedad patriarcal, supone interpretar un papel aprendido hasta ese momento. Cada uno/a de los integrantes de una pareja llega a ese momento con una idea preconcebida, más o menos clara, de cómo quiere ser dentro de una pareja. Me refiero, no a la relación de pareja concreta que se va a iniciar sino a la que tenemos en nuestra cabeza: “La que creemos que debería ser”.

Un modelo ideal, culturalmente construido en cada generación, definido por creencias, expectativas, deseos y valores que es asumido por cada una/o desde nuestro género y su expresión (rol de mujer enamorada/rol de hombre enamorado). Lo normal es que nos enfrentemos a esta nueva realidad condicionadas/os por demasiados papeles aprendidos, que nos obligan a seguir un guión escrito de antemano. Muy a menudo esta andadura de dos, se desarrolla en paralelo, sin llegar a converger, porque cada uno quiere “imponer” al otro su propio modelo, que considera mejor. Así, lo que debería vivirse como una aventura, se convierte en una cruzada por ir ganando espacios de poder, o lo que es igual, por imponer cada uno al otro su propio ideal de pareja.

....tanto hombres como mujeres salimos perdiendo con esta forma de relacionarnos. Ambos obtenemos más perjuicios que beneficios y, como en otros aspectos sociales, los efectos o consecuencias no son las mismas para unas que para otros.

Es obvio que tanto hombres como mujeres salimos perdiendo con esta forma de relacionarnos. Ambos obtenemos más perjuicios que beneficios y, como en otros aspectos sociales, los efectos o consecuencias no son las mismas para unas que para otros. En el caso de las mujeres, ser y tener pareja se convierte en el factor central de nuestra existencia y en un ámbito de la vida donde verdaderamente ponemos a prueba nuestra valía y le damos sentido a aquella. Muchas veces olvidándonos de nosotras mismas, de ser personas antes que ser parejas.

Las experiencias de convivencia en pareja son muchas veces frustrantes y hasta dolorosas, sobre todo en mujeres nacidas en los años 60/70 (en la actualidad tienen entre 40 y 50 años) aquellas que aún habiendo crecido en el modelo tradicional, se han rebelado contra él, anhelando otras formas de estar y de querer. Y esto sin saber en qué consistían, ni cómo conseguirlas y, además, sin contar con las herramientas adecuadas. Dando “palos de ciega” a diestro y siniestro, sufriendo y haciendo sufrir. Podemos decir que, en realidad, estas mujeres han conseguido “de-construirse” como mujeres tradicionales, cuestionándose día a día sus ideas, a través de los conflictos con sus compañeros y, sobre todo, a través de los conflictos consigo mismas. Han defendido su deseo íntimo de ser personas autónomas, ya viviendo en pareja.

Esto ha sido posible, en mujeres que han compartido su experiencia con hombres respetuosos, que al mismo tiempo han querido resolver sus propios conflictos desde su “ser hombre”, porque también a ellos, su propia masculinidad aprendida no les satisfacía y han querido respetar y aceptar, las reglas de juego promovidas por sus compañeras, convirtiéndose también en protagonistas de ese cambio de modelo de relaciones.

Conocer algunos aspectos de estas dificultades, puede servir a otras mujeres para intentar encarar las relaciones de pareja desde otros planteamientos y de paso para reducir sus frustraciones. Porque lo que realmente está equivocado en este planteamiento absurdo es la división de los seres humanos por su género y la ideología que intenta mantener la validez moral y ética de este tipo de relación entre los hombres y las mujeres.

Las principales ideas irracionales de esta ideología sexista, son las que sostienen el concepto de amor fusional, el objetivo vital de vivir en pareja y la “obligación” de ser madre o padre. Se plantean como un patrón de vida que hay que seguir sin cuestionarse, que no deja espacio a los deseos individuales y que va en contra del desarrollo de la propia autonomía de las personas.

A estas ideas se opone otra idea de pareja alternativa, más saludable y racional. Se trata de aquella que se construye mediante la conjunción, sólo parcial de dos seres individuales. Individualidades que no se empeñan en coartarse la/el una/o a la otro/a; que no quieren ni desean ser iguales ni compartirlo todo, sino que valoran y potencian las diferencias entre ellas y respetan los espacios personales de cada una, porque entienden que estos espacios privados, íntimos y personales son los que realmente enriquecen la relación.

Pero volviendo al principio, cuando las mujeres conseguimos tener pareja olvidamos que la experiencias vitales que ensayamos pueden tener o no éxito. No nos planteamos “probar a ver”. Lo que pretendemos es asegurar y afianzar la relación, lo cual es legítimo pero no a costa de nosotras mismas. Queremos imponer nuestro modelo de organización de la vida en pareja, al tiempo que dirigimos nuestras el fondo, porque siempre se espera una contrapartida, una respuesta en forma de afectos, agradecimientos o cualquier otro tipo de compensación.

Aunque a menudo esta no llega, porque cuando las responsabilidades se asumen voluntariamente y sin negociación, el otro simplemente no las cuestiona, las acepta porque le benefician y siempre puede apelar a que dejen de ser asumidas, o a que se resuelvan desde sus propios planteamientos. Ellos pueden intentar imponer a la relación sus otras responsabilidades, sus formas de ocio, sus relaciones sociales, es decir sus usos del tiempo individual que en general tienen mucho más desarrollados que las mujeres.

En la sexualidad, como en cualquier otro aspecto de la relación de pareja tradicional, el poder también se ejerce de forma diferencial. Para las mujeres el valor sexual sigue siendo “ser buenas en la cama para satisfacerles a ellos”, como otra forma de asegurarnos que nos quieran y se queden con nosotras. Cuando, en realidad, nuestra sexualidad sigue siendo una desconocida para muchas de nosotras. Otro de los ámbitos por descubrir.

Con estos elementos, no es extraño que comiencen los problemas en forma de circulares discusiones sin solución. Por un lado, consideramos que no se atienden nuestras necesidades y deseos (lo que nos enfada y frustra) y, por otro, no somos capaces de dejar de hacer todo aquello que creemos que es lo adecuado, porque encima estamos convencidas de que nos beneficia a ambos y que es la mejor manera de estar.

También es el momento de desplegar comportamientos de manipulación o chantajes emocionales de los/as unos/as hacia los/as otros/as, sensibles antenas hacia lo que creemos que ellos necesitan para sentirse felices a nuestro lado, desplegando todas nuestras artes de cuidado (ser para los demás). Por ejemplo, asumimos responsabilidades sin cuestionarlas, casi como autómatas.

Paradójicamente sólo cuando somos capaces de decirle al otro quiénes y cómo somos como “individuas”, empezamos a entendernos de otra manera, empezamos realmente a empatizar, y a ponernos en el lugar del otro, es decir a entender y aceptar su propia individualidad.

Resolvemos aspectos relacionados con el bienestar de la vida diaria, que benefician a ambos, como respondiendo a una orden interna. Esta forma de comportarnos tan aparentemente “altruista”, no lo es en empeñándonos en mantener así, los pequeños espacios de poder conseguidos. No buscamos el entendimiento, sino la imposición.

¿Cuál es el motivo real para que las mujeres antepongamos, el aparente bienestar compartido al bienestar personal? La respuesta a esta pregunta está en la dificultad que tenemos para mirarnos a nosotras mismas (ser para nosotras mismas), para saber cuáles son nuestras necesidades reales, no las necesidades de bienestar de la vida doméstica, sino las necesidades vitales, las íntimas, las que se despliegan cuando sabemos quiénes somos y qué sentido queremos dar a nuestra vida, aquella que ha de desarrollarse en soledad y sin nadie más. Solo cuando ese sentimiento se expresa y se desarrolla estamos capacitadas para negociar los tiempos, las responsabilidades y todo lo demás, porque ya tenemos en un lado de la balanza aquello a lo que no estamos dispuestas a renunciar. Algunas mujeres han tenido la posibilidad de estudiar, de formarse para el trabajo, y es a través de este ámbito donde muchas de nosotras hemos aprendido a respetar nuestra individualidad.

Una mujer contaba cómo ella vivió el comienzo de su autonomía, a través de una de las muchas confrontaciones entre su ser para los demás y su ser para sí misma, cuando ya siendo madre, dejó a su hijo enfermo con su compañero, tras una discusión en la que se daba por hecho que era ella la que tenía que asumir ese cuidado, “dejé a mi compañero y me fui todo el trayecto al trabajo llorando porque no me había quedado con mi hijo enfermo. Sintiéndome la peor madre del mundo. A partir de ese momento, cada vez que el niño enfermaba nos alternábamos para cuidarlo”.

Paradójicamente sólo cuando somos capaces de decirle al otro quiénes y cómo somos como “individuas”, empezamos a entendernos de otra manera, empezamos realmente a empatizar, y a ponernos en el lugar del otro, es decir a entender y aceptar su propia individualidad. Esto añade valor a la relación y la enriquece. Entonces todo lo que antes era exageradamente importante se relativiza y, como por arte de magia, los espacios a los que no llegas, se comparten, se negocian, o sencillamente se dejan para mañana.

Estoy segura de que todavía nos quedan ideas para de-construir el modelo tradicional y construir uno nuevo, hecho a la medida de las personas y no de los géneros. Pero quizá lo mejor que habremos aprendido es a no frustrarnos tanto, a hablar, a pedir y a no confrontar sino a experimentar, desde la seguridad de saber quiénes somos y qué queremos.

Ver en línea : Artículo extraido de "La Boletina" Nº XXX - 2010

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