El poder está en la cama

Martes 8 de mayo de 2012




La sexualidad vivida de forma libre, no obligatoria, nos puede proporcionar mucha satisfacción y enriquecimiento emocional. Pero cuando se asume como “deber u obligación” puede convertirse en fuente de conflictos difíciles de superar.

Definiendo la violencia sexual de forma muy global, se podría decir que, es todo contacto sexual no consentido y del que cada mujer va a tener una vivencia negativa. Tiene su origen como cualquier otro tipo de violencia en relaciones de poder, hoy en día siguen faltando elementos de negociación, no hay una discusión equilibrada sobre deseos y necesidades sexuales de hombres y mujeres, normalmente suelen ser las mujeres las que ceden sus derechos para satisfacer las necesidades sexuales de los hombres.

Como psicóloga en los talleres que hacemos en la A.M.S. para mujeres Jovenas he podido comprobar que la mayor fuente de malestar a nivel sexual proviene de las relaciones que las mujeres mantenemos de forma “obligada”, de forma no consentida o impuesta, aquellas que son producto del tipo de creencias que hemos ido asumiendo a lo largo de nuestra historia de vida, y que nos hacen anteponer los deseos de nuestras parejas a nuestros propios deseos, es decir, las derivadas de la educación recibida que nos lleva a normalizar ciertas conductas dentro del entorno social al que pertenecemos.

En este artículo, me voy a referir a la violencia sexual que parte del sentimiento de obligatoriedad o deber vivido por las mujeres jóvenes. Estos sentimientos quedan con frecuencia ocultos, elevados al término de normalidad, ya que, hemos aprendido a asumir la desvalorización de la mujer como algo lógico y habitual que se hace patente en forma de bromas y chistes... en los que las mujeres somos las que salimos perdiendo.

Cuando hablamos de violencia sexual, lo primero que se nos viene a la cabeza es una agresión sufrida por un desconocido en un lugar extraño, como que se tratara de un comportamiento aislado, sin embargo, es curioso que el mayor número de agresiones sexuales se den en un entorno habitual o cercano como es en algunos casos, nuestra propia casa y por una persona conocida que perfectamente puede ser nuestra pareja. Esto no lo conceptualizamos como violencia, lo tenemos muy normalizado y, sin embargo, tiene consecuencias más graves, ya que, se trata de agresiones reiteradas.

Estos actos se llevan a cabo sin que exista violencia física, “sólo” se necesita violencia psicológica, pues basta la intimidación y/o las amenazas para lograr que la mujer acceda a mantener relaciones sexuales en contra de su voluntad. La mayoría de las veces la estrategia utilizada es la intimidación sutil y poco patente haciendo con frecuencia alusión a sus deberes como mujer y pareja sexual, acudiendo en contadas ocasiones a la fuerza física, aunque en ambos casos estemos hablando de una agresión real, que parte del no consentimiento de la mujer.

No es conocida la incidencia de este tipo de agresiones, ya que las mujeres al no identificarlo como tal, queda silenciado, siendo difícil la elaboración de estadísticas fiables.

Desde los años 60 con la revolución sexual, se produce un cambio importante en la forma de concebir la sexualidad de la mujer, pasamos del mito de la mujer casta y pura hasta el matrimonio al “todo vale” dentro de la sexualidad, cuantas más relaciones sexuales tengo y más lejos del prototipo sexual imperante hasta el momento, más libre me consideran, cayendo de nuevo en otro mito opuesto, trasformándose ahora en obligación autoimpuesta, que de la misma forma no nos deja ser libres, ya que, bloquea nuestro derecho a decir no por miedo a que me traten de reprimida.

Las mujeres a partir de este momento empezamos a plantearnos que tenemos derechos sexuales, que somos dueñas de nuestro cuerpo y que podemos decidir libremente qué tipo de relaciones queremos tener, pero esas decisiones siguen condicionadas por las falsas creencias que seguimos arrastrando y que nos hacen en determinadas ocasiones presentarnos como las incitadoras y responsables de la conducta sexual violenta de los hombres que, vulneran nuestros derechos, llegando a creer que somos merecedoras de su conducta.

La mayoría de las veces no nos sentimos agredidas cuando nos humillan haciendo referencia a nuestro cuerpo, por no tener las medidas perfectas, o cuando nos imponen el sexo bajo argumentos lógicos para ellos “si has empezado ahora no me vas a dejar a medias”..., las mujeres tendemos a orientar la violencia contra nosotras mismas a través de no expresar lo que sentimos, es decir, callarnos, renunciando a nuestros derechos, supeditándonos a deseos ajenos y a satisfacer las necesidades de nuestra pareja sexual, en muchos casos convirtiéndonos en sus cómplices (lo cual nos impide reaccionar a los ataques recibidos) creyendo que sus argumentos son válidos y contribuyendo con nuestra conducta.

La conclusión a la que llegamos generalmente, es que, el considerarnos más valiosas sexualmente, depende de hacernos deseables y accesibles, con lo cual, de nuevo, le damos el poder a los otros, es decir, no depende de cómo nos sentimos sino de cómo nos ven los demás.

Para adaptarnos a este modelo “moderno”, olvidamos nuestra parte emocional, podemos tener una respuesta física relativamente normal , pero lo que predomina es una fuerte sensación de vacío e insatisfacción emocional, surgen sentimientos de confusión y un deseo cada vez más patente de rechazo hacia lo impuesto. Debido al planteamiento de la relación sexual como un “deber u obligación”, no sabemos cómo abordar estas sensaciones, las racionalizamos y asumimos que “forman parte de las relaciones de pareja”, “que es algo que le ocurre a todo el mundo”… Buscamos miles de explicaciones para tapar el conflicto, asumiendo que tenemos un problema por sentirnos así, por lo que concluimos que, es mejor olvidarlo y seguir hacia delante con el mismo “equipaje”.

El terreno sexual está muy cargado emocionalmente, para las mujeres, es donde más conflictos solemos tener, se trata de un ámbito privado en el que ni las personas con las que tenemos una relación de confianza tienen acceso, el clima de intimidad y acercamiento que rodea el contacto sexual nos hace más vulnerables a padecer agresiones sexuales por parte de nuestra pareja, nos sentimos más desprotegidas e indefensas en esta situación pero sobre todo, confundidas entre lo que sentimos y lo que la sociedad nos dice que tenemos que sentir.

La mayoría de las veces no nos atrevemos a hacer público lo que nos ha hecho sentir mal, los recursos que utilizamos, en el mejor de los casos, es contárselo y comparar la experiencia con nuestra mejor amiga, nos preocupa en exceso que lo que hemos vivido sea público, remitimos nuestra experiencia al entorno privado con toda la dificultad de análisis serio que esto conlleva ya que, lo habitual es que nuestra amiga maneje nuestros mismos conceptos y no lo catalogue como pernicioso sino, como algo normal que ocurre en todas las parejas, “es normal que la mujer tenga menos necesidades sexuales que el hombre y por tanto la mujer tiene que esforzarse por satisfacerle aun en contra de lo que ella quiera o necesite en ese momento para no perderlo”, preferimos no hablar de violencia sexual en estos términos, con lo que se refuerza de nuevo la rueda de la normalidad.

Con este caldo de cultivo y con las creencias de que “tenemos que hacer funcionar las relaciones”, “nuestro valor depende de la capacidad de satisfacer sexualmente a un hombre”, junto con el miedo a que la relación se pueda romper si no le das lo que quiere (sexo, sino se irá con otra ya que los hombres tienen más necesidades que las mujeres”) es difícil tener una sexualidad libre y centrada en nosotras mismas, con lo cual estamos predispuestas a aceptar relaciones de violencia sexual aceptando conductas impuestas o no libremente consentidas.

Las alternativas que se plantean en el taller de jovenas para prevenir la violencia sexual empiezan por visibilizar las formas normalizadas de padecerla, es decir sacarla del plano íntimo al entorno más explícito, en el que empezaremos por desvelar los comportamientos agresivos y exigir la responsabilidad al agresor, no taparlas ni silenciarlas por el miedo, desechar los estereotipos sexuales que nos limitan como personas y trabajar en reeducarnos para tener unas relaciones afectivas y sexuales igualitarias y satisfactorias.

La mejor forma de prevención es ser conscientes de los derechos que tenemos como personas (tanto sexuales como en otros aspectos de nuestra vida) y entender que no tenemos que hacer nada que no queramos hacer o con lo que no disfrutemos.

¡ES UN DERECHO Y UN DEBER QUE TENEMOS CON NOSOTRAS MISMAS Y CON LAS DEMÁS!

Ver en línea : Artículo extraido de "La Boletina" Nº XXIV - 2005

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