Ser la reina de mi propio destino

Por Ana María

Lunes 30 de abril de 2012




Me llamo Ana María y estoy en la Asociación de Mujeres para la Salud (A.M.S.) desde diciembre de 2002.

Cuando mi psicóloga, María José, nos pidió que hablásemos sobre nuestras vidas a otras compañeras, a mi me dío por pensar que con nuestros ejemplos podríamos ayudar a otras mujeres a salir del pozo, donde nosotras un día también estuvimos, y no me lo pensé dos veces. Trataré de ser concisa, pero resumir los últimos 24 años de una vida, no es un trabajo sencillo.

Cuando llegué a la A.M.S. (remitida por el Instituto de la Mujer) acababa de tomar la decisión de separarme de mi marido, y aunque estaba convencida de que hacia lo que debía, me sentía triste, perdí peso, lloraba desconsoladamente, mi vida no tenía sentido, estaba frustrada y no era capaz de entender ni explicar lo que me ocurría.

Estuve un tiempo en terapia individual y ahí fue donde aprendí/entendí el porqué había permitido que mi vida fuese un infierno; conocí el código de la bondad y entendí por qué había estado durante 20 años con un hombre al que no amaba.

Después hice otros talleres tratando diferentes temas: proyecto de vida, autoestima, maltrato, ansiedad, y gracias a éstos soy capaz de expresar de forma objetiva, y lo más importante, sin odio, rencor o culpa, lo que hice con mi propia vida y el porqué, ¡siempre hay un porqué!

Me casé a los 21 años, después de un noviazgo de 10 meses; yo no estaba enamorada, existía la atracción física, pero no el AMOR. Lo que yo quería era salir de la autoridad paterna. Mi ex marido entonces tenía 35 años, sacó los estudios de la Cátedra de Lengua y Literatura en el instituto de Bailén. Para mi todo era novedoso y tenía mucha ilusión, quería hacerle feliz y me esforzaba constantemente por agradarle. Sin embargo, nada le parecía bien: me criticaba continuamente, bien de forma directa o subliminal (subrepticiamente). Me decía que era una niña inmadura, que no sabía estar en el mundo real; criticaba a mis amigos/as, a mi familia; me fue separando poco a poco, casi sin notarlo, de la gente que me rodeaba. Le molestaba todo, absolutamente todo: si hablaba con una vecina, era una ¡Maruja!, si me ponía tacones era una cigüeña, si alguien me decía que yo era guapa, él se cabreaba conmigo; si me arreglaba, que a dónde iba, que estaba provocando; nada estaba a su gusto y me castigaba con el silencio. Yo no entendía nada, pensaba que era culpa mía que las cosas no funcionasen, con lo cual me esforzaba más aún: realizaba trabajos pintar la casa, tapizar, cocinar, etc… para demostrar lo competente que era y lo bien que lo hacía. Pero nada servía, ni nada era de su agrado, es más, yo ahora pienso que el sentía celos de que yo quisiera saber y querer aprender a realizar otros trabajos y otras actividades.

No teníamos amigos comunes, nunca celebramos un aniversario, no íbamos a fiestas, no teníamos ninguna afición en común.

Tuvimos tres hijos (hoy en día tienen 22, 19 y 14 años). Yo era la supermamá: era capaz de hacer varias cosas a la vez y perfecta en todo, a todo llegaba, siempre sola, sin poner mala cara y todo de una forma tan natural que yo no pensaba que supusiese un esfuerzo. Mi vida era trabajo, trabajo y trabajo. No quería pensar ni cómo me sentía, eso no era importante, total sólo me sentía persona cuando hacía o servía las cosas a los demás. Pero me encontraba triste y cada mañana, cuando llevaba a mi hija al colegio, pasaba por la Basílica de La Milagrosa y siempre entraba a visitar a la Virgen, y le pedía que me ayudase a "soportar el día a día", ¡sólo quería eso, poder soportar mi vida!

En septiembre de 1998 pasé por el I.E.S. de Santa Engracia, para preguntar por un Curso de Estética (siempre me había gustado ese mundo), era gratuito, ¿qué podía perder? Si, me matriculé en 1º de Grado Superior de Estética, y empezó un calvario: ¿cómo se me había ocurrido a mí matricularme sin “su” consentimiento? Me hizo la vida imposible durante los dos años que duró el curso: que si tenía la casa abandonada, que si las comidas eran una porquería (¡qué ganas tenía de que acábese!). Pero, no lo dejé, todo lo contrario, estudiaba más para demostrar que podía, que él estaba equivocado, que yo era capaz de conseguirlo. Una profesora me dijo que podía presentarme a unas oposiciones como profesora de estética en institutos públicos; yo tenla 39 años y en las empresas privadas no querían a gente de mi edad, preferían a las jóvenes con 20 años.

Me animaron muchas personas a presentarme, excepto él. Me decidí y estuve durante un año entero preparándolas, con lo que mi jornada laboral era interminable: me levantaba a las 4 de la mañana, estudiaba hasta las 7, después las labores domésticas hasta las 11 de la mañana, luego de nuevo estudiar hasta las 13 h, a continuación vuelta a las labores domésticas hasta las 17 h, y de 17 a 19 h, estudio o prácticas. Me acostaba a las 21:30, cuando mi hija lo hacia; así un día y otro; él me criticaba, me llamaba loca. El camino fue muy difícil, pero simplemente tomé la decisión de opositar, necesitaba aprobar, demostrar que servía para algo más que para servir.

Mi idea era la de "salir de casa", pues, aunque no teníamos necesidades económicas, era ya una cuestión personal.

Aprobé la oposición en junio de 2002, y cuatro meses después me separé. ¿Motivo?: era tremendamente infeliz a su lado y además me era infiel, hubiese soportado todo, pero la infidelidad me superaba. Sabía que iba a ser difícil, pero me equivoqué, fue dificilísimo y duro de verdad; mi ex me denunció en 24 ocasiones, si, i24!, por motivos tan variopintos como: insultos (le llamé marica) por llevarme una plancha, para que pagase los recibos de la luz del año anterior, los seguros de los coches, etc.

Me conozco todos los juzgados de Madrid. Él es un psicópata con mucho tiempo libre. Esta situación la sobrellevé como pude: me presentaba a cada juicio, me defendía, en algunos fui declarada en rebeldía, en otros me tocó pagar, etc.

Pero lo que más me dolió y reconozco que lo superé gracias a estar en la Asociación de Mujeres para la Salud, fue el comportamiento de mis hijos mayores, ambos varones; entonces tenían 19 y 17 años. Después de muchas discusiones y enfrentamientos me dieron un ultimátum: o volvía con su padre o ellos se iban con él y que me olvidase de ellos (su madre, como tal, había muerto).

Evidentemente se pusieron de su lado. Yo no lo creía, sufrí lo que no está escrito, me llegaron a empujar, me amenazaban ¡mis propios hijos!, yo pensé que tenía un maltratador y ¡tenía 3!, así que cogí a mi hija Sofía, de 11 años, y dejamos la casa (casa que me había comprado mi padre) no sin antes presentar las correspondientes denuncias en comisarla.

Viví durante dos años en casa de mi hermana y de mis padres por temporadas , dos años es mucho tiempo y fueron días muy tristes, aunque os prometo que ni un solo día me he arrepentido de la decisión que tomé: "separarme de mi ex marido”.

Ahora vivo de nuevo en mi casa con mi hija, soy feliz. Cierro los ojos y veo lo que fue mi vida y me parece mentira: no era nada ni nadie, sólo me sentía persona trabajando para ellos, no sabía ni lo que me gustaba, no tenía libertad ni para ir a ver a mi familia, y menos a una amiga.

Hoy soy la dueña de mi vida, elijo libremente lo que quiero, a nadie tengo que dar explicaciones de lo que haga o diga, no tengo miedo a equivocarme; es más, asumo toda la responsabilidad y se que tengo derecho a equivocarme.

Se me cerró una puerta y se abrieron otras. He conocido a gente maravillosa, mujeres y hombres: incluso estoy enamorada de un hombre muy especial que me da todo lo que nunca tuve. Trato de vivir el día a día, disfrutar de las cosas sencillas; he vuelto a mi gran pasión ¡el baile! y me siento muy feliz.

De haber continuado con él, me hubiese convertido en una arpía, pues sentía envidia de esas mujeres que hacían lo que yo hago ahora: SER YO MISMA, aprendí que para vivir libremente había que elegir y no era fácil ser la responsable de mis propias decisiones, incluso puede ser doloroso, pero merece la pena SER LA REINA DE MI PROPIO DESTINO.

Ver en línea : Artículo extraido de "La Boletina" Nº XXV - 2006

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